Los guardianes del libro

«Podéis quemar mis libros mas no el espíritu que contienen.»

20 años de la quema de la Biblioteca de Sarajevo

«Varios siglos después de la quema de la Biblioteca de Alejandría, la barbarie y la estupidez humanas reprodujeron fielmente el suceso, esta vez en Sarajevo, la noche del 25 al 26 de agosto de 1992.» Vea más sobre la conmemoración y un reportaje especial: aquí.

No nos queda nada más que ser Los guardianes del libro, ante este tipo de acontecimientos. Tal como el libro que tiene lugar después de la guerra de Bosnia, cuando Hanna, una joven bibliófila, se traslada a Sarajevo para restaurar un tesoro perdido. Ya en Bosnia comenzará a trabajar en la restauración de la Haggadah de Sarajevo —un libro de oraciones judío— para tratar de descubrir sus secretos y reconstruir la historia de su milagrosa supervivencia. Pero el viaje también pondrá en movimiento una serie de acontecimientos que amenazan con quebrar la ordenada vida de Hanna, incluyendo su encuentro con Ozren Karamen, el joven bibliotecario que arriesgó su vida para salvar el libro.

 

 

 

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Morazán ¿héroe centroamericano?

SOPHOS propone el primer martes de cada mes una Conferencia Magistral impartida por una personalidad destacada del mundo literario, académico o, más ampliamente, cultural, de Guatemala.

En el mes de septiembre es el turno de Xavier Cuenin , historiador francés. Maestro en Historia, con diploma de Estudios Avanzados en Historia Contemporánea, Candidato a Doctor en Historia Contemporánea Universidad de París X, Nanterre Investigador Asociado de CEMCA.

Le invitamos a conocerlo este martes 4 de septiembre para profundizar sobre el proceso de heroización de Francisco Morazán a través del análisis de la polémica surgida en 1892 en Guatemala con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento y de lo que revela de los procesos de construcciones nacionales en Centroamérica a finales del siglo XIX. Mayor información.

 

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Montparnasse no se quedó con Cortázar

por Miriam Alejandra Camas

Es en Montparnasse, París, donde yace Julio Cortázar. Aunque él no está ahí. Está en todos lados, en todos los textos, en las simples cosas.

A Julio, lo hipnotizaba jugar con el lenguaje, pero jugar, sobretodo. Carlos Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, y otros brillantes autores, aclamaron y aclaman su intrépida sencillez y su divertida manera de envolver al lector con sus alucinantes modos de describir, incluso, la latente realidad, es decir; la inminencia de todas las formas que esperan ser llamadas por la mágica idea de existencia que otorgan las letras, las palabras, incluso, las que aún no existían.

Julio, repartía con sus pasos de jazz y sus largos ojos de novillo (como García Márquez lo describe durante la inauguración de la Cátedra de Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara en México)  una limpia literatura, sin ninguna seriedad, “purgada de retórica”[1], redactada con la firma de no aceptar las cosas tal y como le eran dadas.

El gran Cronopio, quien hoy cumpliría 98 años,  dejó al mundo lo mejor de él, su generosidad convertida en libros, regaló poesías, cuentos, novelas y hasta incomparables traducciones, como la obra completa de Edgar Allan Poe, publicada por la Universidad de Puerto Rico.

Poesías, asombrosos rompecabezas de vocabularios inimaginados, como lo redacta en “A una mujer” «¿Qué quiere decir esto? Nada, una taza de té», en “Canada Dry”  «El cielo raso dibuja un gato, un número, una mano cortada», en “El interrogador”, «Quiero saber a dónde van las golondrinas muertas, a dónde van las cajas de fósforos usadas. Por grande que sea el mundo hay los recortes de uñas, las pelusas, los sobres fatigados, las pestañas que caen. ¿A dónde van las nieblas, la borra del café, los almanaques de otro tiempo?» o en “Encargo”, «…Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel seas tú, que vuelves (…) Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas. Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces…»

Cortázar siempre asustaba al hastío, se aferraba a la espontánea vida del cuerpo y la cotidianidad, abrazaba a las confusiones, a los oficinistas, a la monotonía,  y relataba genialmente lo que sucedía en un cuadrilátero, en un puente, en un patio, en una carta, en un sonido, en un conejito.

Su prosa,  imperecedera prueba a la coherencia lógica de la lengua, debía pensarse cuando se dejaba de comprender literalmente el significado de sus letras. Sus obras como: “Bestiario”, “62. Modelo para armar” y la magnífica “Rayuela”, presentan un reto en glíglico (término creado por Julio, que pretende comunicar un significado por medio del sonido de sus sílabas, sin prescindir totalmente de una armazón sintáctica lógica) como en el capítulo 68, «…Cada vez que él  procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimido quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco, las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.»

Pero el encanto de Julio reside en sus cuentos, en esos textos fantásticos en donde logra diluir la ficción y la realidad, con tremendas historias llenas de encanto y de pies en el asfalto. Sus cuentos como “Un tal Lucas”, “Axolotl” o “Cefalea”, mueven la ilusoria sensatez de cada cual y cada quien: «… Uno de nosotros saca las mancuspias madres de las jaulas de invernadero –son las 6:30am- y las reúne en el corral de pastos secos. Las deja retozar veinte minutos, mientras el otro retira los pichones de las casillas numeradas donde cada uno tiene su historia clínica…»  destrozan tiernamente las verdades como “La noche boca arriba” «…Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños…» y  además, convierte en arte lo más funesto, como en “Historias de Cronopios y de Famas” con “Simulacro” «Tenemos un defecto: nos falta originalidad (…) Mi tío el mayor, dice que somos copias en papel carbónico, idénticas al original, salvo que otro color, otro papel, otra finalidad.»

Julio Cortázar podrá estar en Montparnasse, pero no, Julio se quedó con nosotros, porque a él se le toma y se le sostiene, «como si de ello dependiera muchísimo el mundo, la sucesión de las cuatro estaciones, el canto de los gallos, el amor de los hombres.»

 


[1] Como Vargas Llosa lo menciona en el prólogo (dedicado a Aurora Bernárdez) de la edición de Cuentos Completos que en 1997 publica Alfaguara.

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Rodrigo Rey Rosa

Desde su maestría inigualable y sus magisterios (in)voluntarios, Roberto Bolaño fue sabio y preciso al establecer que Rodrigo Rey Rosa es “un maestro consumado… Su elegancia nunca va en demérito de su precisión… Decir que Rodrigo Rey Rosa es el escritor más riguroso de mi generación y al mismo tiempo el más transparente, el que mejor teje sus historias y el más luminoso de todos, no es decir nada nuevo… Uno no puede sino pensar en todo el horror que se ha vaciado sobre Guatemala, la abyección y la sangre. Y también uno piensa en Miguel Ángel Asturias, en Augusto Monterroso y ahora en Rodrigo Rey Rosa, tres escritores enormes salidos de un país pequeño y desventurado”. Si alguna les faltaba, he ahí una agrupación de razones más que suficientes para leer o releer la obra tridestilada de RRR, Severina, por ejemplo, y las respuestas en torno a Severina, con sus resignados “noes” incluidos. (Se les ruega no buscar el Cuestionario Hitch que suele acompañar a estos diálogos. Por insondables motivos, el interpelado declinó (cor)responderlo… no se sabe si  temporal o perpetuamente.)

JL Perdomo Orellana

—¿Severina es usted?

¡Desde luego que no! Una de las reglas me propuse en este juego fue no pretender introducirme en la mente del personaje femenino. Aunque muchos autores han hecho este ejercicio, el de meterse en la piel, como dicen, de una mujer, y han tenido más o menos éxito, a mí ahora me parece que es un error…, si no estético, estratégico. Tal vez por la manera en que ha cambiado el mundo, tal vez porque ahora hay más mujeres que escriben y hablan de lo que sólo ellas pueden hablar. No sé. Pero digo que es un error porque implica una doble o triple impostura, que resulta innecesaria. Tal vez esto no sea así; tal vez todos, aun el hombre más viril, tenemos algo de femenino y por lo tanto cualquiera podría jugar ese papel; pero yo quería hacer el retrato de esta mujer desde el punto de vista del hombre, solo desde lo exterior.

—Cuando el narrador de Severina señala el cansancio que da “pagar precios demasiado altos por libros escogidos por y para otros”, ¿piensa en una librería como las de Artemis-Edinter o en una librería como Sophos?

En cualquier librería y en ninguna en particular.

—¿Cuál es el encanto de los autores japoneses, como para que a la protagonista le “fascinen”?

Creo que alguien que haya leído a los japoneses sabrá a qué se refiere ella con esa “fascinación”; pero si no los has leído, de nada sirve tratar de explicarla. La fascinación es algo que se experimenta, sin que necesariamente se entienda.

—¿Se merece el adjetivo de “tonto” el encargado de una librería que ha sido, sobre todo, alcahueto con una ladrona de libros? ¿Le vienen las “tonteras” de ser “un librero aspirante a escritor”?

Sí, sin duda. Él mismo lo reconoce más adelante, cuando cita. “Imposible ser sabio y al mismo tiempo amar”, o algo así.

—Cuando por fin el alcahueto “prensa” a la protagonista, lo primero que ella desenfunda es un teléfono “celular”. ¿Deberá acostumbrarse el mundo a que ya no habrá libro ni película en la que no aparezcan esos chunches?

Si las historias pasan en una ciudad contemporánea, sería inverosímil que no aparezcan.

—Asegura el encargado que “la gente que se dedica a robar libros es
muy poca, gracias a las innovaciones en los sistemas de seguridad. En mi experiencia más de la mitad son mujeres, o literatos con mochila o morral”.
Puesto que por éstos jamás nadie ha dado ni dará la cara, la cuestión debe centrarse en ellas: ¿aún no le reprochan sus amigas feministas a usted la complicidad como autor en tan “misógino” dato?

No. Pero no veo misoginia en ese dato.

—Como autor, ¿le caen tan mal las ratas y los zorros, como para decir que un abogado economista tiene “ojitos de rata o de zorro”?

Claro que no. Es el aspecto furtivo que hay en la mirada de estos animales lo que me sugirió la figura.

—Como lector, ¿le gusta tanto Yoshida Kenko, como para que aparezca citado en la página 25?

Sí.

—En vez de enojo, el encargado siente alivio cuando la ladrona vuelve y le “birla” Las palmeras salvajes de Faulkner “en la traducción de Borges”.
Aquí, ¿ajusta cuentas usted con ese libro, con ese autor o con Borges como traductor?

Dicen que la traducción de ese libro fue muy retocada por los editores
españoles. Pero no se trata de eso. El alivio viene al comporbar que ella persiste en su hábito, y eso le hace pensar que volverá una vez más.

—¿Qué hay en los autores Frederick Rolfe, Pere Gimferrer, Salvator Rosa, Norman Lewis y Jardiel Poncela, como para que el encargado se los lleve no a la isla desierta pero sí a la pensión desértica? (No le pregunto por qué lleva a Darío, pues está claro que sólo se trata de otro tic centroamericano.)

Son autores poco leídos que el protagonista quería mostrarle a Severina, tal vez creyendo que a ella le atraerían. Pero Darío no es , para mí, un tic centroamericano. En cuanto a innovador, en cuanto escritor experimental (en el sentido de que ensayó formas nuevas y muy variadas), me parece un autor ejemplar.

—El encargado asegura que Tecún Umán “no existió y sin embrago (sic, p. 42) es nuestro héroe histórico”. Por su complicidad como autor, ¿no ha recibido algún reparo por quienes se sienten ofendidos ante este tipo de “profanaciones” de las tumbas nacionales?

Todavía no.

—“La mayoría de la gente lee muy poco, o nada. Y sin embargo, gracias a Dios, hay quienes compran bastantes libros” dice el encargado, cuyas tribulaciones van creciendo de página en página. De nuevo, ¿se refiere el encargado a las librerías de Artemis-Edinter o a Sophos?

No!

—En la página 68, el encargado se dice a sí mismo que acaba de dar
su “primer paso hacia la liberación por medio del amor”. ¿No es ésta la
reconfirmación perfecta de que la Biblia tiene toda la razón en cuanto a que “de los muchos libros nace la confusión”?

Me parece que no. Como toda forma de locura, la del amor puede resultar liberadora.

—¿Qué hay en La tentation d’exister; Contre la musique; La carne, la morte e il diavolo; Daphnis et Chloé; Une ténébreuse affaire; The Honorable Picnic; Plan Pleasures; Black Spring; Among the Cynics; Filosofía de la coquetería; El libro del cielo y del infierno; La española inglesa; Flight From a Dark Equator; The Way of All Flesh; Carnets d’Afrique; Le Poisson-scorpion; Autobiografía psíquica; Los siete que huyeron; Viaje al monte Athos; Viva México! y Recuerdos de Bouselham como para que aparezcan inventariados en Severina? ¿Cuáles de estos títulos sólo existen en la imaginación del encargado? The Honorable Picnic, por cierto, ¿alude a las arduas actividades de los congresos de todas las repúblicas, empezando por el de la zona 1 de Guatemala?

Todos los títulos son auténticos. The Honorable Picnic es una novelita
satírica que ocurre en Tokio en los años 20. Su autor, un francés, firmaba con el pseudónimo de Thomas Raucat.

—¿De qué le sirve al encargado recordar la (in)certidumbre de Schnitzler que reza: “Una mujer te puede dejar por falta de amor, o por exceso de amor, por esto o por aquello, por todo o por nada”?

Supongo que de consuelo.

—Según el supuesto abuelo de Severina, “La tradición quiere que la gente se familiarice con la mentira desde el principio. La mentira es una necesidad. La primera (…) es el gordo de los regalos (…) Una mentira insostenible. Y a la edad en que los niños dejan de creer en él vienen las próximas mentiras.
El cielo y el infierno. El amor universal. La democracia. Y luego quieren enseñarles moral (…) ¿Es Severina una contribución a la verdad, en contra de las farsas nacionales que van en aumento?

No. Es un simple divertimiento.

—¿Retomará en alguna otra novela la “lucha por la dominación libresca de algunas zonas del planeta”… o prefiere dejar esa “fantasía futurista” a los seguidores más empedernidos de K. Dick y de Bradbury?

Nunca sé qué voy a escribir hasta que estoy escribiéndolo. Si algún día un seguidor de K Dick o de Bradbury emplea esa fantasía futurista, lo celebraré — aunque la idea de la dominación del mundo por grupos de objetos o elementos comienza en el Renacimiento, con Miguel Ángel, ¿no? Creo que hablaba de los metales, sobre todo, el hierro, el oro, que han “poseído” el espíritu de los hombres. También está Flusser, que habla de las máquinas fotográficas, que dice que nos utilizan para elaborar imágenes. Y hay alguien, no recurrdo si es un antropólogo, sudamericano, contemporáneo, que habla de cómo las sustancias psicotrópicas combaten entre ellas por la dominación del mundo a través de los hombres. Cita las guerras del opio y las actuales guerras causadas por el tráfico de cocaína y otras “sustancias controladas”. No dejan de ser ideas estimulantes, aunque no sean tan originales.

—Por último y ahí sí que “en honor a la verdad”, por fin: ¿es o no es usted Severina?

No, no.

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El poder de la maldad

por Wellington Nelson

Nuestra historia se desarrolla en una pequeña ciudad que pertenece a la nobleza polaca llamada Kreshev, la cual está habitada por judíos.

“Yo soy el Espíritu del Mal, Satanás, la serpiente primigenia. En los libros de cábala me llaman Samael. Los judíos a veces prefieren nombrarme como «Aquél».”

Así da inicio el relato de Isaac Bashevis Singer. Desde sus primeras líneas, puede notarse quien ejerce el poder en ese sitio, lo cual va en  concordancia con su título La destrucción de Kreshev. El hecho de que el demonio narre le da al texto un tono lúgubre. Cuando él habla del hombre de negocios, protagonista de la historia lo hace de esta forma: “Reb Bunim, sin embargo, tenía una hija, y las mujeres, como es sabido, traen consigo muchas desgracias.” Pese a la hermosura de la doncella, Samael se refiere a ella con un marcado tono despectivo, como si los hechos acontecidos fueran causados por la chica.

A través de sus doce capítulos la historia nos lleva por un camino de instigación, pasión, lujuria, engaño, crueldad y dolor. Vemos como el maligno hace que una hermosa joven se una en matrimonio con un hombre quien, si bien es cierto, resulta ser un tanto letrado, carece de belleza física. Dicha relación se vuelve el eje de la narración, incitando a una serie de sucesos reprobables por las autoridades religiosas del poblado. Varias de las acciones contribuyen a que, finalmente, ocurra la destrucción de Kreshev y nadie resulte conforme con su situación.

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Carlos Navarrete

SOPHOS propone el primer martes de cada mes una Conferencia Magistral impartida por una personalidad destacada del mundo literario, académico o, más ampliamente, cultural, de Guatemala.

En el mes de julio es el turno de El Maestro Carlos Navarrete, arqueólogo, antropólogo y Premio Nacional de Literatura 2005.

Le invitamos a conocer la vida tras la pluma, a través de la entrevista de Ingrid Roldán Martínez, en el blog sobre Literatura Guatemalteca.

 

 

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Acerca de Tocar los libros

por Wellington Nelson

Marco Tulio Cicerón había dicho hace siglos que “un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma” y esta vez, Jesús Marchamalo, lo expresa de otra forma al detallar la experiencia de tener contacto con tan preciados objetos.

Tocar los libros. Quizás a simple vista, éste parezca un nombre muy sencillo para el ensayo. No obstante, refleja en sí mismo tenerlos en nuestras manos, tener intimidad con ellos. A través de esa conexión nos hacen reír, llorar, pensar de forma intensa y otras veces, tan sólo nos entretienen.

En sus páginas, nos describe la sensación de estar en nuestras bibliotecas, ese lugar donde cada uno tiene su particular gusto por ordenar o almacenar sus libros. Nos hace ver la existencia de eruditos con una particular acuciosidad, tales como José Ortega y Gasset, capaces de conocer de memoria la ubicación exacta de cada uno de sus libros en los estantes. También hay otros, de los cuales formo parte, quienes simplemente “almacenan” sus libros; uno sobre otro, un grupo por editorial, otro por tema, etc. Lo cierto es que, tanto el minucioso con su biblioteca, como el que tiene torres de libros por toda su casa tienen algo en común: la pasión por el libro.

El mismo ha dejado de ser tan sólo una cápsula de conocimiento; ahora puede contarse con diversas ediciones de un mismo título con distintas características que lo hacen distinguirse de sus homónimos: traducción, tipo de letra, encuadernación, empastado, tipo de papel, diseño de portada, etc. Esto hace que, cada vez que se lea un libro se aprecien todas esas características y se pueda disfrutar constantemente de «tocar los libros». Podría surgir la pregunta ¿para qué tener tantos libros? entonces dejaré que responda Ramón Gómez de la Serna: Una librería es un andamiaje que se adquiere para edificar el futuro.

Además de la descripción de la bibliofilia, Tocar los libros incluye algunas fotografías, siendo éstas las que terminan por dar vida al ensayo. Además,  posee una historia muy peculiar en cuanto a su publicación, la cual dejo sin revelar para invitar así a su lectura.

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La muerte olvidada del Santo Bebedor

por Wellington Nelson

“Cuando vi por primera vez a Joseph Roth en Ostende, tuve la sensación de estar ante un ser que moriría en las próximas horas de pura tristeza. Sus redondos ojos azules eran casi incapaces de ver por desesperación, y su voz sonaba como si estuviera lastrada por el peso de la pena.”  (1:53)

Así escribió acerca de este personaje, la escritora Irmgard Keun, quien fue su compañera sentimental durante cierto tiempo. Quizás la primera impresión que tuvo de Joseph reveló por completo para ella, lo que sería de la vida de este hombre de baja estatura, con afición a la bebida. También sabía que Roth sólo había amado a Friedl, su única esposa, quien murió a causa de trastornos mentales. Debido a eso y a que a ninguno de los dos les interesaba un nuevo matrimonio, Irmgard no quiso divorciarse del alemán con el que se encontraba legalmente casada, lo cual no impidió que viviera un par de años con Roth.

Aunque su vida no fue envidiable, también tuvo sus buenos momentos y contó con la amistad de varios personajes. Entre ellos, Stefan Zweig, con quien compartió momentos joviales como el que describe Morgenstern en uno de sus libros: “En el taxi, tuvieron ellos una apacible conversación sobre humor y chistes. Zweig recordó a Roth, como prueba del humor de Freud, que había un estudio de éste sobre el donaire que constituía una selección de chistes. Roth replicó que entender los chistes nada prueba respecto al humor, y así siguieron un rato hasta que salió el nombre de Bergson.” (2:224) Al investigar a Joseph Roth, se logra ver que algunos de los personajes de sus novelas, fueron inspirados por personas que formaron parte de su vida. Tal es el caso de El triunfo de la belleza, en esta breve novela, se ve reflejada su esposa y la enfermedad que la consumió, con sus respectivas variantes literarias. Su fallecida esposa, reaparece en otra de sus novelas, con otra apariencia. “Ella era una chica bonita, Friedl. Delgada, con piernas largas, una cara fina y una sonrisa suficiente en la boca pequeña. Pero ¿a qué describirla? Roth lo hizo puntualmente en Job. Ella es la hija de Mendel Singer, “una gacela”. Igual que Friedl, también acaba en el manicomio.” (2:190)

Además de eso, Job es una de sus más conocidas y fue la obra que le dio reconocimiento como escritor. En esta novela, él retoma al personaje bíblico, nombrándolo como Mendel Singer, efectuando prácticamente una adaptación a su época contemporánea y manifestando en ella algunas de las tribulaciones que sufrieron los judíos a causa de la persecución nazi.

Roth, no desaprovechaba oportunidad, para expresar su inconformidad y rechazo hacia las acciones tomadas por los antisemitas y, además de hacerlo en sus narraciones, lo hacía en las revistas, para las que escribía mientras se encontraba en algún país de Europa. Muestra de ello es este fragmento escrito en París, el 6 de julio de 1934.

“Desde hace diecisiete meses nos hemos acostumbrado a que en Alemania se vierta más sangre que tinta emplean los periódicos para informar sobre esa sangre. Es probable que el amo de la tinta de imprenta alemana, el ministro Goebbels, tenga más cadáveres sobre su conciencia, si es que la tiene, que periodistas a su disposición para echar tierra sobre la mayor parte de los muertos.”(3:39)

Él se había diagnosticado a sí mismo morir de locura, al igual que su esposa, aunque según algunos las causas de su muerte fueron otras. Sin embargo, corrió la misma suerte que ella, falleciendo recluido por haber enfermado psíquicamente. Murió el 27 de mayo de 1939 en París. Deseaba que en su lápida estuviera inscrita la frase del poeta alemán Heinrich Von Kleist “La verdad es que a mí no se me podía ayudar en esta tierra.” Mas su anhelo no se vio cumplido y en su tumba tan solo está un horrible bloque gris con la  inscripción:

Joseph Roth

Poète Autrichien

26-9-1894 – 27-5-1939

Su entierro fue en un cementerio “mixto” donde se admitían tanto católicos como judíos, pues en vida él no se declaró abiertamente como semita,  aunque su madre fue judía. Sus contradicciones religiosas tuvieron efectos durante su funeral, los judíos presentes estuvieron un tanto inconformes ante la presencia de sacerdotes católicos, también hubo allí comunistas y, por otro lado, monárquicos, fue un evento polémico que hubiera causado gracia al enterrado. De su vida, se sabe poco, pero por fortuna, ahora su mayoría de obras se encuentra traducida al español y en sus obras será donde se podrá conocer mejor a este novelista y periodista que se fue de este mundo sin ver muchos de sus proyectos realizados.

Ya se acerca el centenario de su muerte, pero, tal como un ebrio que olvida lo ocurrido el día anterior, en la memoria de muchos,  ha quedado relegada la muerte de este gran escritor.

Fuentes. 

  1. Cziffra, Géza von; El santo bebedor; Acantilado; Barcelona, 2009
  2. Soma Morgenstern; Huida y fin de Joseph Roth; Pre-Textos; Valencia, 2008
  3. Roth, Joseph ; La filial del infierno en la tierra; Acantilado, Barcelona, 2004

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Carlos Fuentes

por Editorial Santillana

Era un maestro. Es un maestro.

Cuando el 7 de abril de 1958 se publicó la primera edición de la novela La región más transparente y desde que se comenzaron a

leer sus primeras páginas, público y crítica concordaron en que estaban ante una obra que dejaría una profunda impronta en la literatura mexicana y mundial.

Carlos Fuentes lo escribió todo. Lo dijo todo y permitió que sus lectores conocieran el mapa de su obra narrativa conforme la iba construyendo. Ese mapa llamado “La edad del  tiempo” que fue creciendo y transformándose hasta incorporar su última novela: Federico en su balcón, por publicarse próximamente bajo el sello de su casa editorial, Alfaguara.

Pero su obra no fue sólo narrativa, también los ensayos formaron parte de su quehacer de escritor. Este año, en el mes de mayo, bajo el sello de Taurus, saldrá publicado El siglo que despierta, conversaciones entre Carlos Fuentes y Ricardo Lagos; y en junio, bajo el sello de Alfaguara, Personas, recuento de personalidades relevantes para México y el mundo, y para el mismo Carlos Fuentes.

Océano de márgenes inconmensurables donde abrevan los que después tendrán su propia obra y poseedor de una energía que parecía inagotable, la obra del escritor mexicano es vehemente, vasta, extensa, tanto en calidad como en cantidad. De esa misma forma él era un hombre acostumbrado a seducir a multitudes no sólo con sus letras, sino también con su voz y presencia desde el comienzo de su carrera.

México, la región de La Mancha —ese lugar donde dijo Fuentes que reside el idioma español— y el mundo literario en general pierden a uno de sus más grandes fabuladores.

La última versión de La edad del tiempo. Tal como la pensó Carlos Fuentes.

I. El mal del tiempo
Aura
Cumpleaños
Una familia lejana

II. Tiempo de fundaciones
Terra nostra
El naranjo

III. El tiempo romántico
La campaña
La novia muerta
El baile del Centenario

IV. El tiempo revolucionario
Gringo viejo
Emiliano en Chinameca

V. La región más transparente

VI. La muerte de Artemio Cruz

VII. Los años con Laura Díaz

VIII. La voluntad y la fortuna

IX. Dos educaciones
Las buenas conciencias
Zona sagrada

X. Los días enmascarados
Los días enmascarados
Constancia y otras novelas para vírgenes
Instinto de Inez
Carolina Grau

XI. Fronteras del tiempo
Cantar de ciegos
La frontera de cristal
Todas las familias felices

XII. El tiempo político
La cabeza de la hidra
La Silla del Águila
El camino de Texas
Adán en Edén

XIII. Cambio de piel

XIV. Cristóbal Nonato

XV. Crónicas de nuestro tiempo
Diana o la cazadora solitaria
Aquiles o el guerrillero y el asesino
Prometeo o el precio de la libertad

XVI. Federico en su balcón

 

Carlos Fuentes nació en 1928. Connotado intelectual y uno de los principales exponentes de la narrativa mexicana, tiene una vasta obra que incluye novela, cuento, teatro y ensayo. Ha recibido numerosos premios, entre ellos los siguientes: Premio Biblioteca Breve 1967 por Cambio de piel. Premio Xavier Villaurrutia y Premio Rómulo Gallegos por Terra nostra. Premio Internacional Alfonso Reyes 1979. Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura 1984. Premio Cervantes 1987. Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, otorgada por el Gobierno Sandinista, 1988. Premio del Instituto Italo-Americano 1989 por Gringo viejo. Medalla Rectoral de la Universidad de Chile, 1991. Condecoración con la Orden al Mérito de Chile, en grado de Comendador, 1993.

Premio Príncipe de Asturias, 1994. Premio Internacional Grizane Cavour, 1994. Premio Picasso, otorgado por la UNESCO, Francia, 1994. Premio de la Latinidad otorgado por las Academias Brasileña y Francesa de la Lengua, 2000. Legión de Honor del Gobierno Francés, 2003. Premio Roger Caillois, 2003. Premio Real Academia Española 2004 por En esto creo. Premio Galileo 2000, Italia, 2005. Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, 2008. Premio Internacional Don Quijote de la Mancha, 2008. Gran Medalla de Verneil, 2010. Premio Internacional Fundación Cristóbal Gabarrón de las Letras 2011. Premio Formentor de las Letras 2011.

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Carlos Fuentes, entonces y ahora

Hoy, mientras le decimos adiós al maestro Carlos Fuentes, nos pareció oportuno publicar la entrevista inédita que José Luis Perdomo le hizo en México hace ya algunos años.

Los farsantes, los opacos y los inseguros están de fiesta: el autor de La región más transparente y de La muerte de Artemio Cruz, entre otros libros por los cuales debieron darle el Nobel, también se ha ido y con él su autenticidad, su refulgencia y las seguridades que durante casi un siglo contrapuso a los millones que deambulan con la cerviz doblada por los humeantes saldos latinoamericanos.

Después de Carlos Monsiváis, José Saramago y Ernesto Sabato, era lo único que faltaba.

Carlos Fuentes –“obrero incesante” como se describió a sí mismo en una añeja entrevista con Eligio García Márquez– ya no seguirá torciéndose los dedos índice para escribir obras memorables a millones de años luz de lo que se pergeña hoy en los talleres de sopa instantánea. Ya no volverá a mostrar el pasaporte en el cual se lee: “Profesión: escritor, es decir, escudero de Don Quijote. Lengua: española, no lengua del imperio, sino lengua de la imaginación, del amor y de la justicia: lengua de Cervantes, lengua del Quijote”. Uno de los nómadas más veloces del mundo, que amaba y odiaba a la Ciudad de México, se detuvo precisamente allá y no volverá a abrir las puertas de su casa para, generoso como ya nadie de su calibre, explicar por ejemplo la ruta de las dedicatorias de algunas de sus obras maestras.

JL Perdomo Orellana: En la dedicatoria de Geografía de la novela dice usted: “A mi madre, en el atardecer, en la aurora”. ¿Podría compartir ese atardecer, esa aurora?

Carlos Fuentes: Sí, sí, Mi madre tiene 85 años. Se mantiene muy viva, muy enterada, muy interesada, pero tiene 85 años, ¿verdad? La gente en esa edad está entre la aurora y el atardecer… Curiosamente, una persona de esa edad y una mujer, una persona a la que uno quiere tanto, como es el caso de mi amor hacia mi madre. Siento constantemente una luz en torno de ella que podría ser de aurora y podría ser de crepúsculo, pero quizás es de las dos cosas. Quizá al final de nuestra vida reunamos la posibilidad de representar el inicio y el fin de las cosas, la posibilidad de ser luz de la mañana y luz vespertina también.

JLPO: A la sombra de El naranjo, usted dedica “Las dos orillas” a Juan Goytisolo. ¿Por qué?

CF: Porque ha sido el escritor español más preocupado por el desastre cultural de España en 1492, por la forma como en España a través de los edictos represivos de los reyes católicos, se mutiló de lo más rico que tenía, que era su herencia medieval musulmana, judía, cristiana. Entonces me pareció natural dedicarle un cuento sobre unos mayas que regresan, que llegan a Andalucía, conquistan España y deshacen la labor de los reyes católicos y vuelven mestiza a España en el continente europeo.

JLPO: A la misma sombra, ¿por qué “Los hijos del conquistador” está dedicado a José Emilio Pacheco?

CF: Pacheco escribió, para mí, una obra maestra del relato de memoria histórica, recreada desde el presente, que es Morirás lejos. Lo tuve muy presente al escribir esto, además de la gratitud y la admiración que le tengo a José Emilio.

JLPO: ¿Por qué dedicó “Las dos Numancias” a Plácido Arango?

CF: Porque lo escribí en su casa. Entre otras cosas, porque le debo mucha hospitalidad, he estado en su casa, en Valdemorillo, cerca del Escorial, escribiendo esto y sintiéndome muy cerca de Iberia, del campo ibérico, de lo que pudo haber visto Escipión, el numantino y el africano, en la conquista de Numancia. Y además porque es un gran amigo y lo quiero mucho.

JLPO: ¿Por qué dedicó “Las dos Américas” a Bárbara y Juan Tomás de Salas?

CF: Ellos, además de ser los editores de Cambio 16, son quienes imaginaron una de las más hermosas colecciones de libros sobre el descubrimiento, la conquista y la colonización europea de América, que es Historia 16 (llevan ya 50 volúmenes). Ahí vienen todos los grandes textos de los cronistas de Indias, de los descubridores. Tienen además, detalle que me gusta mucho, los grandes textos indígenas anteriores a la conquista, y vienen los primeros textos mestizos. De manera que una fantasía sobre cómo América fue no descubierta por Cristóbal Colón, me pareció justo dedicarla a los autores de esa colección de libros que tanto estimo.

JLPO: A la sombra de otros libros suyos, ¿por qué dedicó Aura a Manolo y Tere Barbachano?

CF: Escribí ese cuento en un momento en que trabajaba con Manolo Barbachano, estábamos muy cerca y fuimos justos al festival de Locarno, en Suiza, y al regreso nos detuvimos en París, y yo escribí Aura en una semana o diez días. Recuerdo mucho que estaba con Manolo y hablábamos, nos separábamos, hacíamos nuestra vida en París, y yo me la pasaba en un café, sentado, escribiendo Aura, o viendo la película de Ishikawa La luna vaga después de la lluvia, que fue una película que me llevó hacia el tema de Aura. Por ese motivo está dedicado a Manolo y a Tere.

JLPO: ¿Por qué dedica Cumpleaños a Shirley MacLaine?

CF: Shirley es una mujer muy interesada en los problemas de la metempsicosis, de la reencarnación, de la vida después de la muerte, y este tema de Cumpleaños lo descubrí, yo creo, lo imaginé en una noche de lluvia en Nueva York en que ella y yo salíamos de un restaurante. Llovía mucho, había que brincar entre el agua y nos mojábamos los zapatos, nos reíamos, y habíamos hablado tanto de este tema que ahí hizo “click” la novelita y a mí me pareció natural dedicársela a mi amiga.

JLPO: ¿Por qué dedicó Terra Nostra a Sylvia?

CF: Es el amor de mi vida, es mi mujer, trabajo y vivo con ella. Es lo más natural. Debería dedicarle todo a ella, no sólo Terra Nostra.

JLPO: ¿Por qué dedicó Los días enmascarados a sus padres?

CF: Porque es mi primer libro, lo escribí bajo su techo, cuando yo tenía entre 20 y 23 años.

JLPO: ¿Por qué dedica Cambio de piel a Aurora y Julio Cortázar?

CF: Julio cumple diez años de muerto en 1994. El otro día comentábamos con Gabriel García Márquez, en Guadalajara, que no ha pasado un día en que no lo recordemos. Cortázar es, posiblemente, de todos los amigos que yo he tenido, el más humano, el más cálido, el más cariñoso, el más entrañable, el más tierno. Aparte de esto era un gran escritor, un hombre de gran imaginación. Y Aurora es una mujer de una espiritualidad extraordinaria. Además, Julio me corrigió la novela, me hizo ver una serie de defectos, sobre todo un final que no correspondía a la novela. Así que hay una deuda enorme hacia Julio.

JLPO: ¿Por qué dedica Todos los gatos son pardos a Inge y Arthur Miller?

CF: Porque Miller me contó una noche en Connecticut que la primera obra de teatro que él había escrito era La Conquista de México. La escribió cuando tenía 19 o 20 años. Es una obra sobre Cortés y Moctezuma, con una idea sumamente dramática y clara: el encuentro de un hombre que lo tiene todo y lo pierde todo y un hombre que no tiene nada y lo gana todo. Yo siempre pensé que Cortés no ganó nada tampoco. Los dos son víctimas de un hecho épico.

JLPO: ¿Por qué dedicó El tuerto es rey a María Casares?

CF: Ella fue la gran actriz hispanofrancesa que montó la obra originalmente en Viena, en Avignon, en París. La hizo suya, le gustó mucho el papel. Si la obra alguna vez ha funcionado, ha sido porque estaba María Casares.

JLPO: ¿Por qué dedico Las buenas conciencias a Luis Buñuel?

CF: Y también Una familia lejana, en los 80 años de Buñuel. Son dos cosas que le dediqué a este amigo extraordinario con quien, siempre que coincidíamos en México y muchasveces en París, yo pasaba por lo menos unas horas cada semana. Un ser absolutamenteextraordinario por su humor, por su ternura, por su humanidad, por su inteligencia, por su imaginación, por su conocimiento íntimo de la historia cultural del siglo, que él había atestiguado. Era una amistad muy enriquecedora. Me siento muy privilegiado de haber sido su amigo y de haber aprendido tanto de él. La última vez que nos vimos fue en su casa, en la cerrada de Félix Cuevas, era el mes de febrero y lo fui a visitar como siempre. Estaban su mujer, sus hijos, y al despedirme le dije: Bueno, Luis, regreso en el otoño y nos vemos entonces. Él me dijo: “No, yo ya no estaré aquí en el otoño, no nos veremos más, pero gracias por haber sido un buen amigo mío”. Fue la última vez que lo vi.

JLPO: ¿Por qué dedica La cabeza de la hidra a Conrad Veidt, Sidney Greenstreet, Peter Lorre y Claude Rains?

CF: Ellos son los cuatro extraordinarios actores que aparecen reunidos en la película Casa Blanca, y como se trataba de una especie de parodia de cine negro, de cine de suspenso, de cine de intriga internacional, una Casa Blanca en Coatzacoalcos, personificada por un James Bond del desarrollo, que es el personaje central, pues acudí a mi enorme fervor por el cine de Hollywood y el cine del pasado, y se la dediqué a estos cuatro ilustres actores. Es parte de la parodia de la novela.

JLPO: ¿Por dedicó Zona sagrada a Marie-José y Octavio Paz?

CF: Zona sagrada es una novela que escribí en un momento de una amistad muy intensa con Octavio y Marie-José, que acababan de casarse. Nos reunimos en Roma, cuando yo estaba escribiendo la novela y me dio tanto gusto la felicidad de Paz en ese momento, su alegría en su matrimonio, en su vida nueva, que quise hacer un homenaje mediante la dedicatoria.

JLPO: ¿Por qué dedicó La muerte de Artemio Cruz a C. Wright Mills?

CF: Mills es un hombre que mantuvo sus principios, que luchó denodadamente en contra del macarthismo, la guerra fría, la ofuscación y obsesión norteamericana que le impedía a Estados Unidos ver claramente al mundo y verse a sí mismos y ponerse en el filo de lo mismo que combatía y lo mismo que criticaba, que eran formas de represión fascistas. Mills se opuso a esto desde el primer momento. Cuando había olas de patrioterismo en los Estados Unidos que intimidaban a la gente, él no se dejó intimidar. Una vez recorrí con él el claustro de la Universidad de Columbia mientras antiguos amigos suyos, antiguos profesores, le daban la espalda porque había expresado su apoyo a la Revolución Cubana y había escrito Escucha, yanqui. Mills murió muy joven del corazón. Yo creo que su corazón se quebró porque su integridad académica no fue reconocida, fue menospreciada, fue traicionada por el mundo académico norteamericano…
Usted se olvidó de mi primera dedicatoria, la que aparece en La región más transparente, que está dedicada a mi primera mujer, Rita Macedo, una mujer extraordinaria. No quiero olvidarlo, porque marca una etapa muy hermosa y muy plena de mi vida. Además, hay las novelas y los libros dedicados a mis hijos: a Cecilia, que es mi hija con Rita, y a Carlos y a Natasha, que son mis hijos con Sylvia… Son seres a los que se quiere tanto que… ¿qué añade uno, verdad?

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