“En Guatemala hay tanta moral, que hasta la hay doble”: Luis Antonio Morales Rodríguez vuelve a ganar los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango

por José Luis Perdomo Orellana

Entrevista con Luis Antonio Morales Rodríguez a partir de Caminar por la vida y Sinfonía de los muertos, obras con las cuales impuso sus huellas digitales en los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango en 2011 y 2014, sección poesía.

Al otro extremo del compinchismo chapinoide, Luis Antonio Morales Rodríguez no tenía “conocidos” en el jurado calificador —integrado por filósofos y literatos de la Universidad de Chiclayo, Perú— cuando en 2011, a la edad de 19 años, obtuvo los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango gracias a la poesía que tridestiló en Caminar por la vida.
Tampoco tuvo “conocidos” ahora que en 2014, a la edad de 22, volvió a ganarlos, también por unanimidad, gracias a Sinfonía de los muertos, obra que —según el acta signada en San José por humanistas costarricenses— “tiene una calidad literaria muy por encima de las demás (…) La muerte en estos versos es más amplia que el hecho de morir (…) Hay también un verso fluido, musical, versolibrista que lleva al lector al hecho de que la muerte puede ser también muchas muertes. Es una seria y conmovedora musicalidad emocional (…) La muerte es finalmente poesía, conversación, soliloquio. Es un libro exquisito en imágenes y lenguaje altamente vehemente, presente y místico que perpetra el lenguaje de los vivos a muertos que reviven por medio de la palabra que les da cabida al recuerdo. Calidad lingüística en el lenguaje poético. Un texto alejado de todo temor a morir y cantarle al vacío o la soledad misma, que se trasluce también como una manera de muerte.”
Además de ser el poeta más joven que ha obtenido dos veces uno de los mayores premios de poesía escrita en idioma español —y el único que se comunica en maya-kiche’, latín, francés y español—, Morales Rodríguez egresó en 2010 de la Escuela Nacional de Arte Dramático y actualmente cursa en la Universidad de San Carlos de Guatemala las licenciaturas en Sociología, Lengua y Literatura. Cuando no está estudiando o escribiendo poesía, hace teatro, danza o colabora con el maestro Paulo Alvarado en el Cuarteto Contemporáneo de Guatemala.
Todavía agradecido por las multitudinarias muestras de cariño que recibió en el Teatro Municipal de Quetzaltenango durante la siempre refulgente premiación de los LXXVII Juegos Florales Hispanoamericanos, Luis Antonio Morales Rodríguez —a años luz de las vacuas poses de los aporreadores de teclas que silban o mandrilean sedicente poesía auténticamente bandolera y oenegera— tuvo la generosa paciencia de escuchar y corresponder. De él es La Palabra, como ya lo fue y será.

José Luis Perdomo Orellana: Nadie más indicado que usted mismo para nombrar las diferencias y las confluencias entre Caminar por la vida y Sinfonía de los muertos. De entrada, ¿aceptaría que el primer título suena vital, a cierto Vivaldi, por ejemplo, y que la Sinfonía suena a Música para el funeral de un hermano masón de Mozart?

Luis Antonio Morales Rodríguez: Coincido con eso. Hay un contraste entre vida y muerte, entre canto y clamor. En cuanto a las diferencias formales hay una que es fundamental. Sinfonía de los muertos tiene una estructura más rígida y uniforme en comparación a Caminar por la vida. En Caminar por la vida mi visión era más intimista, más personal, la creación es casi biográfica, el yo poético es el poeta mismo. En Sinfonía de los muertos hubo un intento de exploración menos personal pero sanador y muy significativo para mi vida. El yo poético está situado desde distintas perspectivas; me gusta más pensar en el rol de un dramaturgo que inventa a sus personajes y los hace hablar y actuar según lo creado.
La poesía y la música aunque modernamente parezcan tan disociadas, alguna vez estuvieron fundidas. La poesía, creo, intenta solamente recrear el ritmo de las palabras en un estado espiritual determinado. Por eso, cuando la poesía existe únicamente por la palabra y no por la musicalidad y las imágenes que ella produce es palabra muerta, pregón repetitivo, discurso de merolicos.

JLPO: En 2011, dedicó Caminar por la vida “A ustedes, mi familia, mis amigos. A ti, mi amor”, pero tres años después en Sinfonía no hay dedicatoria. ¿Desaparecieron los motivos para dedicar?

LAMR: Es simplemente que, de alguna manera, nuestra cultura nos dicta que la vida se celebra y se comparte. La muerte, por el contrario, es un hecho mucho más ceremonial, incluso íntimo que solamente se conmemora, se vive, pero nunca se le atribuye esa belleza extraña y casi esquizofrénica que el dolor y la ausencia tienen.

JLPO: Al utilizar, desde el título, el verbo caminar, ¿acepta la cercanía de su compatriota directo Otto René Castillo?

LAMR: Aceptaría la cercanía no solamente de Otto René Castillo sino a una serie de poetas y artistas que han buscado su escape, su evolución, su construcción en el peregrinar, en la dinámica, en el largo camino que implica la vida. El constante movimiento procura inestabilidad, búsqueda, equivocación, acierto, esperanza, castigo y expiación. No hay trascendencia ni poesía verdadera en la estabilidad.

JLPO: En Caminar por la vida, a la hora de los epígrafes, le hicieron compañía Antonio Machado, Dante, Albert Camus, Cavafis, Neruda, Marguerite Yourcenar. En Sinfonía de los muertos están con usted Cavafis (de nuevo), Leopoldo María Panero, Platón, Carolina Escobar Sarti y Camus (otra vez). ¿Qué encuentra en su cercanía?

LAMR: Encuentro luz, camino, palabra, que son tres de los muchos sinónimos para poesía. Siempre al terminar de leer un texto, algo ha cambiado, la palabra nos transforma. Encontrar coincidencias en gente tan ajena a mi contexto, de épocas tan distintas, no puede menos que confirmar que todos los espíritus humanos son el mismo, supeditados a su cultura, su época y su espacio. Que la poesía es la palabra anterior a la creación de la humanidad y que el poeta la hace terrenal.

JLPO: Específicamente en Caminar por la vida, decirle a alguien “Aún no has partido y me tortura la idea de que lo hagas, / ¿quién si no tú, mi cómplice, mi eterno acompañante?” ¿no es abrir demasiados flancos como para que jueguen rayuela con su alma?

LAMR: Exponerse creo que es parte fundamental de escribir; más o menos, no importa pero siempre la creación estética conlleva sinceridad, organicidad, transparencia. Detrás de la poesía hay siempre un ritual que nos desnuda y hace que por unos instantes nos importe menos ser frágiles y vulnerables. La poesía nos permite decir cosas que solo el cinismo, el dolor o el amor nos harían decir a viva voz. Jugar con nuestras almas ya es costumbre, cada verso es un pequeño juego, un acercamiento al abismo, una danza con fuego, un antídoto.

JLPO: La línea que refiere “A los amigos que me olvidaron y a los que olvidé”, ¿remite a la mea culpa que Jaime Bayly distribuyó en las páginas de Los amigos que perdí?

LAMR: Creo que son cosas muy distintas. Bayly habla de otras culpas. Yo culpo a la migración, a la distancia. Movilizarme desde mi lugar natal a la Ciudad de Guatemala para poder estudiar lo que había decidido, conllevó una serie de separaciones, desencantos, olvidos, desentendimientos. La distancia es más que física. Nos distanciamos de muchas ideas, de muchas prácticas cotidianas, y de nuestro contexto. Acabamos por ser extraños y sentir extraños a quienes fueron y construyeron nuestro contexto inmediato.

JLPO: ¿Cuáles son “las palabras que duelen”? ¿Duelen siempre igual?

LAMR: Decía un amigo que siempre hay un dolor que uno no conoce. Todas las palabras de alguna manera duelen como todas sanan. Nos duelen las verdades, las mentiras, las burlas, los insultos y los halagos también. La palabra contiene siempre un poder superior a ella misma: la intención. Las antiguas civilizaciones otorgaban a la palabra un poder rector, supra-humano, cósmico, ordenador; no era mito, era filosofía pura.

JLPO: Concluye usted Caminar por la vida con una especie de proclama: “Que no se entienda esto como despedida o final, / es más bien una postergación a la eternidad: / un canto a la infinidad y a la vida, / una oda a los caminos de la vida.” ¿Qué sucedió? ¿Por qué tanta vida dio paso a Sinfonía de los muertos?

LAMR: Creo que esos contrastes casi contradictorios permiten respiros, exploraciones, búsquedas. Pero es siempre así: para que haya vida, debe haber muerte, para entender una debe existir la otra, incluso para valorarlas. Celebrar la vida es, de alguna manera, celebrar la muerte. No creo que Caminar por la vida haya dado paso a Sinfonía de los muertos; creo que ambos estuvieron siempre ahí. De hecho fueron escritos casi en la misma época.

JLPO: Goya, Reinier y Doré ¿estaban con usted desde hacía años o se encontró con ellos especialmente para ilustrar Sinfonía de los muertos?

LAMR: La música y las artes plásticas, el arte en general, fue mi escondite, mi puerta de salida durante mi niñez. Muchas imágenes, muchas frases musicales se quedaron perdidas en mi memoria y esas referencias son valiosas aunque no indispensables para crear. De alguna manera ponerse límites, y atarse a una estructura, a una imagen permite una exploración profunda que la amplitud nos impide. La estructura de sinfonía no viene sola, dentro de los poemas hay alusiones musicales como el dies irae o el nessum dorma. De cada imagen surge la temática de un movimiento en específico. Atarme a eso me permitió explorar lo que en su momento creí que podrían ser cuatro distintos tipos de muertes.

JLPO: Abre la página 22 de Sinfonía con cuatro líneas que dicen “Eres un vivo que nunca volvió, / ¿estás muerto, / acaso? / Lo estás aunque vuelvas vivo”. ¿Qué pudo suceder como para decirle a alguien esa especie de epitafio irrefutable?

LAMR: En ese caso se hace alusión a esa muerte que solo se presume, a una desaparición corporal. Creo que eso no puede ser muy lejano de este contexto de posguerra y migración que nos tocó vivir. En esas situaciones el dolor, el enojo, la frustración, la ausencia nos hacen decir muchas cosas. Insisto en que la muerte es sobre todo una ausencia, uno acaba por acostumbrarse a ella y aprende a vivir de los recuerdos, de la esperanza. El dolor muchas veces llega a ser rabia, negación, enojo. Y cuántas historias como esta existen cerca de nosotros.

JLPO: Muy generosamente, la página 24 ofrece estas líneas: “Todos después de muertos vivimos en los recuerdos de los / vivos / yo te doy vida”. Entre tanta imbecilidad prostibularia feisbukera, agregada a la suprema sandez de los “mensajitos” y otras idioteces narcisas, ¿no arrasó ya el olvido con todo y con todos, excepto con el ombligo de tantos usuarios falsarios?

LAMR: Quizás sí, pero siempre nos queda la esperanza del recuerdo, de la memoria. Usted no me dejará mentir, crecemos y vivimos en contextos en donde nuestra historia familiar de alguna manera nos construye. El “culto” a los muertos, las visitas a lugares de los que en algún tiempo, casi mítico, salieron abuelas y abuelos, sus historias lejanas en el tiempo son quizás hechos fundamentales en la infancia de muchos como yo que crecimos en ambientes y familias rurales. Siempre hay cosas que nos salvan del olvido aun en medio de la desmemoria.

JLPO: La página 26 nos dice “Qué largo y difícil es el olvido, / solamente es en mis recuerdos en donde vives, / me aferro a ti”. Borges nos dejó dicho, más o menos: La meta es el olvido, yo llegué primero. ¿Qué le dice Borges a usted?

LAMR: El dolor, como la naturaleza humana, es diverso. Algunos prefieren el olvido, yo prefiero el recuerdo. Junto con la memoria nos construyen, nos cuestionan, nos enfrentan a nuestras propias contradicciones, nos hacen tener los pies en la tierra y tener claridad de nuestra historia personal, familiar y social; el olvido no es un camino para mí. De pronto y el olvido a algunos los hace evitar destruirse.

JLPO: En el “Segundo movimiento” cita usted a Platón. ¿Cómo pudo invocarlo, si lo menos que pidió Platón para los poetas como usted fue su inmediata expulsión de la República?

LAMR: Y expulsa a los poetas por mentirosos según su propia visión. Y eso es lo que hacemos, mentir, endulzar la verdad o mostrarla tan cruda como es. Por revoltosos, también. Es nuestra habitación el mundo de las ideas, ese de Platón. Son, en todo caso, las ideas las que pueden modificar el mundo material; cuando escribimos nos rebelamos y quizás nada cambia del mundo material pero algo se gesta en la interioridad del lector.
Además, Platón tiene una de las pocas referencias en el mundo antiguo en relación al canto del cisne. Un mito que me parece hermoso, poético, musical, lleno de imágenes…

JLPO: El “Tercer movimiento” de su Sinfonía de los muertos fue escrito “A la memoria de las niñas y niños muertos de hambre en el mundo”. ¿Acepta en esta mención la cercanía renovada de Pablo Neruda, Otto René Castillo, Mario Benedetti y Juan Gelman?

LAMR: Claro, y tantos otros. El arte en general tiene siempre una carga social y política aunque muchos la nieguen; incluso esa negación llega a serlo. El problema es que siempre tiende a catalogarse en una cierta corriente, cuando está presente en toda la literatura de manera intrínseca.
Las transformaciones sociales nunca llegan por la literatura; la creación estética es ideal y subjetiva, lo social es material y objetivo. La creación debe siempre superar al panfleto. Primero porque el panfleto es más efectivo y segundo porque como manifestación estética su función debe aspirar a la trascendencia y no a la inmediatez.

JLPO: Al escribir en la página 35 “No hubo rezos que lo impidieran, / ni santos que bajaran de su altar para ayudarnos, / no hubo ruego, / ni piedad, / ni siquiera la asquerosa caridad hipócrita.”, ¿alude a los merolicos de las megapacas espirituales y al oenegerío que se ha multiplicado como cepas malignas?

LAMR: Y fueron sus palabras puestas en mi boca las que lo aclaran. En Guatemala hay tanta moral, que hasta la hay doble. Es curioso que el pensamiento religioso imperante, tan “bondadoso”, “lleno de amor al prójimo”, “caritativo”, sea incapaz de analizar su propio contexto, de identificarse con el dolor de su prójimo y sí es capaz de minimizar o criminalizar cualquier palabra o acción que esté dispuesta a transformar estructuralmente este contexto desigual y excluyente.

JLPO: Al preguntarse “¿Qué dios cruel permitió tu muerte?”, ¿se agrega a la rebelión solitaria y derrotada de Elias Canetti ante la muerte?

LAMR: Sí y no. La muerte es absolutamente necesaria, natural. Claro que en el contexto de “El ángel de la muerte”, la muerte es pobreza, miseria, inocencia. Esa muerte es incomprensible, irracional, inhumana, inmoral, antinatural. Canetti asegura que desea dedicar su vida a buscar la inmortalidad para los humanos. Quizás hace falta solamente hacer que no ocurran las muertes injustas, inmorales, irracionales, violentas.

JLPO: Si “la muerte es el final de todo”, entonces ¿se vale todo?

LAMR: A mí me parece igualmente inmoral actuar mal que actuar bien solamente por la esperanza de una recompensa en la muerte. Aun y cuando “bien” y “mal” sean conceptos muy cuestionables, ambiguos y confusos.

JLPO: ¿Debilita el tiempo a los cuerpos, pero “hace cada vez más sólidas” a las almas?

LAMR: De pronto y fuera del poemario suena extraño. En aquel contexto dicho por un hombre que le habla a su madre muerta y cuenta parte de su historia, funciona. Pero pienso también que vejez no es sinónimo de sabiduría; ni juventud de arrebato. Ya ve que muchos de los que destruyeron o intentaron destruir este país durante la guerra ahora son ancianos y nada de solidez hay en sus almas, dureza quizás sí.

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