Pasión por el libro

Hoy, en el Día Internacional del Libro, nos pareció oportuno celebrar al hijo más reciente de Carlos López, Pasión por el libro, por lo que nos complace presentarles la siguiente entrevista que le hizo José Luis Perdomo.

Nuestro compatriota Carlos Humberto López Barrios es maestro de Educación Primaria, licenciado en Estudios Latinoamericanos, en Lengua y Literatura Hispánicas y maestro en Literatura Iberoamericana por la UNAM, además de haber estudiado las licenciaturas en Derecho y Ciencia Política en la USAC, y la licenciatura en Historia en la UNAM. Ha trabajado durante 39 años en todos los niveles escolares tanto en México como en Guatemala.

Los poetas Carlos Illescas y Otto Raúl González se encuentran entre los innumerables latinoamericanos a quienes Carlos López abrió sus puertas en México. Carlos López, además, ha dirigido talleres de redacción, poesía, novela, cuento, dramaturgia, creación literaria y edición, a la vez que desde Praxis, la editorial que fundó en 1981, ha editado casi mil obras de autores de diversos gentilicios y ha estado al cuidado de más de 6 mil libros, tesis, revistas, folletos, etcétera.

Este año, recibió la Primera Orden Mario Monteforte Toledo que otorga la fundación homónima.

Su obra vasta y prodigiosa incluye ensayos, libros de calambures, libros de palíndromos y libros de poemas.

José Luis Perdomo: Para Borges (según el epígrafe con el cual abrís Pasión por el libro), un libro «encierra sonido y furia y noche y escarlata». ¿Qué encierra para vos?

Carlos López Barrios: Conocimiento, sabiduría, alegría. Cada libro encierra la nostalgia por el libro que vendrá.

JLP: «Los libros se hacen con luz», asegurás en la primera línea de la página 9. Pero —a la luz de tanto libro precocido para quedar bien con un jurado o con alguna editorial mercenaria—, ¿no se hacen también con miasmas?

CLB: Sí, así los hacen los mercenarios; también hay libros que se hacen con las tripas, con las flemas del alma, con la ceguera que provoca la melcocha refriteada; con lo negro biliar; con la fetidez de la purulencia y el flato de los indigestos de palabrería.

JLP: ¿Dónde deben buscarse los orígenes del libro?

CLB: En los tiempos más remotos. Los libros son una construcción mental. Los seres humanos desde que inventaron códigos para comunicarse, cuentan lo que pasa en el mundo. Todas las personas tienen historias en su cabeza a partir de su experiencia inmediata, así se forman los libros: con historias aisladas o con un conjunto de historias reunidas entre varias personas. Se afirma que Homero era un pueblo y que así pudo escribir la Iliada y la Odisea, a partir de la construcción colectiva.

JLP: ¿Cómo hiciste para sobrevivir tus primeras dos décadas de lector duro y puro en un sitio ampliamente hostil al libro, como sigue siéndolo la optimistamente llamada «República de Guatemala»?

CLB: Es una contradicción que donde más se pregona una república legal no se instaure la república legítima, verdadera, de las letras. Pero más difícil de entender es que se acepte de manera dócil la cultura impulsada por el estado y que no se critique el elitismo de sus instituciones. ¿De qué sirven el Ministerio de Educación y de Cultura y Deportes en un país que no se preocupa por llevar libros a todos los rincones del país, en un país de analfabetas y de alfabetizados que leen pura basura o no ilan entre frases? Ofende que existan esos organismos inútiles. Si eso se vive ahora, con tanto adelanto, imaginate el escenario de hace medio siglo. La Biblioteca Nacional ya estaba desmantelada desde entonces; las únicas librerías a las que teníamos acceso los pobres eran las que venden libros usados y el instituto donde estudié magisterio no tenía biblioteca, tampoco la Facultad de Derecho. Como podía, compraba ediciones malísimas de libros antiguos y fui armando mi pequeña biblioteca que fue desmantelada cuando salí del país. Haber leído muchos libros clásicos fue una bendición, pero no tenía acceso a nada del pensamiento moderno y contemporáneo.

JLP: ¿En qué radica la importancia de Johannes Gensfleisch de Sulgeloch para el libro?

CLB: En haber traído a Occidente los principios de impresión que habían inventado los chinos a principios del primer milenio de nuestra era. (Se atribuye a Bì Shēng haber inventado el tipo móvil de porcelana entre 1041 y 1048). Aunque hay testimonios de historiadores holandeses y franceses que atribuyen la técnica de impresión utilizada por Gutenberg a paisanos suyos asentados a la orilla del río Rin, la estética y el cuidado puestos en la impresión del primer libro salido de sus prensas, la Biblia de 42 líneas, es insuperable y deja atrás otros trabajos datados por esa época. Ésta es tal vez la causa por la que se considera a Gutenberg el padre de la imprenta occidental. Como se puede apreciar, la estética juega un papel principal para considerarlo así.

JLP: ¿Por qué en Pasión por el libro aparece Biblia en itálicas, si en casi todos lados aparece en redondas?

CLB: Porque es el título de un libro y según nuestros criterios editoriales los nombres de libros se escriben con cursivas. Los manuales que establecen escribir Biblia con redondas no son convincentes, siguen criterios religiosos más que de sentido común y de estética, y sólo confunden a quienes deberían facilitar la lectura.

JLP: ¿Qué opinión te merecen los libros que, por las prisas, no traen ni colofón?

CLB: Este aparente descuido nada tiene que ver con las prisas; es una costumbre que se ha perdido por cuestiones comerciales, de mercadeo, de no otorgar los créditos debidos. Es también otra forma de burlar la ley. Los malos editores son los peores en cuidar estos detalles que le dan seriedad a una publicación.

JLP: ¿En cuál época el libro fue abiertamente «clasista»? Si mirás los precios en la mayoría de librerías, ¿no es como para concluir que sigue siéndolo? ¿No te ha sucedido que precisamente el libro que más te interesa resulta ser el más caro y por añadidura el que no podés adquirir?

CLB: Fue clasista hasta los incunables, en términos latos, porque el libro era para las cortes y sus allegados, las iglesias y los nobles. En términos económicos, tenés toda la razón: el libro sigue siendo inalcanzable para la mayoría explotada del mundo. Es un artículo casi de lujo que muy pocos pueden obtener.

JLP: ¿Por qué el tiro promedio de un libro es de mil ejemplares?

CLB: Desde los tiempos del pionero de la imprenta en Venecia, Aldo Manuzio, ese tiraje es el promedio en muchos países. Lo más grave es que ahora, con los adelantos para reproducir libros, algunos impresores hacen tirajes de 50 ejemplares y ya lo consideran una cantidad excesiva. En México hay varios negocios de éstos. Excepto los best-sellers o los libros vendidos antes de entrar a prensas por las componendas de las transnacionales del libro con los gobiernos en turno, esa cantidad de ejemplares impresos desde hace más de 500 años va a la baja, lo que confirma la vocación de cangrejo que tiene el ser humano.

JLP: En la página 17 de Pasión por el libro señalás que «los escritores de América Latina sienten coronada su labor cuando les publican en España o en los países donde tienen subsidiarias las transnacionales del libro». En Colombia a este síntoma se le etiqueta de «corroncho». ¿Cómo lo retiquetan en México?

CLB: No encuentro equivalente en México para corroncho. Lo que quise señalar es que muchos autores escriben para tener fama y su máxima aspiración es publicar en editoriales grandes por su tamaño y que tienen buena distribución, que publican a quienes venden mucho o a quienes tienen calidad, para ellos equipararse con los exitosos. Lo triste a veces es que cuando lo consiguen, como sea, vendiendo su alma y su cuerpo al diablo, estos autores se la pasan molestando a todos sus conocidos para que corran a la librería a comprar su libro o van ellos a autocomprarse, para que la editorial no los dé de baja y no queden como toda su cara. Dan ternura.

JLP: «Si un libro no nos seduce, hay que dejarlo de lado», indicás en la página 21. ¿Cuáles has hecho a un lado en lo que va de 2012?

CLB: De los que leo por gusto, ninguno. Si algo he aprendido con los años es a valorar mi tiempo y a seleccionar mis lecturas. De los que leo por obligación no llevo la cuenta, pero son cientos.

JLP: En el mismo lapso, ¿cuáles has leído «sin interrupción» y cuáles «sin tregua» (según la clasificación de Neuman)?

CLB: Sin interrupción, La obra maestra desconocida, de Honoré de Balzac; sin tregua, Los ojos de Davidson, de Herbert George Wells.

JLP: «La relación que se establece con un libro que importa es para toda la vida», aseverás en la página 23. ¿Con cuáles libros has tenido esta relación en medio siglo?

CLB: La lista es un poco larga. Para abreviar, te diré algunos autores: Jorge Luis Borges, Fernando Pessoa, Walt Whitman, William Shakespeare, James Joyce, Robert Walser, Karl Kraus, Theodor Fontane, Heinrich von Kleist, Karl Marx, Federico Engels…

JLP: ¿Coincidís con Steiner en cuanto a que «la lectura es un modo de acción»?

CLB: Por supuesto, porque pone en acción todos nuestros sentidos. La lectura  es una forma de rebeldía ante el avasallamiento cotidiano en todos los frentes.

JLP: ¿Quién ha sido «el mayor asesino de libros en toda la historia planetaria»?

CLB: La iglesia, los gobernantes, los conquistadores (en ese orden), que no sólo han destruido libros sino cualquier manifestación artística. Cuando no destruyen, roban. La acumulación de los tesoros de la creación humana en los países conquistadores de Occidente es producto del saqueo. El más reciente atraco en contra de la civilización más antigua del mundo lo cometió Estados Unidos en Iraq.

JLP: ¿Cuál es «tal vez el único texto que habría que chamuscar junto con sus autores»?

CLB: El index de libros prohibidos y sus defensores.

JLP: ¿En serio hay o hubo libros encuadernados «en piel de mujer»?

CLB: La bibliopegia antropodérmica fue una práctica constante hasta tiempos recientes. Alcanzó su máximo apogeo en el s. xvii y muchos ejemplares encuadernados con piel humana se encuentran en bibliotecas privadas, como se puede documentar en Bibliopegia or the Art of Bookbinding, in All its  Branches, de John Andrews Arnett, Londres, 1835.

JLP: ¿En serio El principito fue considerado «material subversivo»?

CLB: Fueron varios títulos, no sólo El principito, los que la junta militar golpista argentina prohibió. Desde el golpe militar en marzo de 1976, la censura examinó el material dirigido al público infantil y concluyó que El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, era material subversivo porque alentaba en los niños una «ilimitada fantasía». El 15 de octubre de 1977, Jorge Rafael Videla determinó la prohibición de cuentos para niños. En el decreto 3155/77 se ordenó el secuestro de todos los ejemplares de estos libros que estuvieran en circulación (afp, eltiempo.com, 28 marzo, 2006).

JLP: Disculpá el exceso: ¿cuáles libros «mordieron» y «arañaron» a sus lectores en el siglo xx?

CLB: Hubiera sido bueno que Kafka nos dijera cuáles. Para seguir con la enumeración que empecé líneas arriba creo que hay que añadir a Dostoievski, Kafka, Cervantes, Homero, los autores de la Biblia, de las Mil y una noches, del Gilgamesh, Mahoma, Valmiki, Omar Khayyam, Basho, Li Po, Shaw, Swift, Séneca, H.G. Wells, Chesterton, Dickens,  que no sólo marcaron a sus beneficiados lectores en el siglo xx y los precedentes, sino a los de los siglos por venir.

JLP: De acuerdo con las orientaciones de Wilde en el siglo antepasado, ¿cuáles libros «no hay que leer nunca»?

CLB: Las Estaciones, del poeta escocés James Thomson; «todos los santos padres, excepto san Agustín»; todo lo del filósofo inglés utilitarista John Stuart Mill, menos el ensayo Sobre la libertad; «todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna»; la Historia de Inglaterra, del filósofo e historiador escocés David Hume; «todos los libros de argumentación y todos aquellos en que se intenta probar algo». Por supuesto, hay que contextualizar los gustos del autor de la Balada de la cárcel de Reading, para tener misericordia de su parecer literario.

JLP: Si de los muchos libros nace la confusión (como dice la Biblia) y una multitud de libros disipa el espíritu (según Séneca, por vos citado en la p. 43), ¿para qué abrir el siguiente?

CLB: Para buscar hasta el final desvanecer la confusión o aprender a vivir gozosos con ella. Debe ser muy aburrido vivir con la verdad y no cuestionar los dogmas, los cánones, los paradigmas. Prefiero la confusión a que me conduce conocer muchas visiones del mundo si eso me crea un espíritu crítico que vivir sometido a una sola idea. Es mejor que mi espíritu desaparezca si nace uno nuevo después de muchas lecturas. Esta afirmación de un hombre tan lúcido como Séneca es sorprendente.

JLP: Según datos que incluís en las p. 49-53, de la primera edición de Rojo y negro de Stendhal sólo se vendieron 20 ejemplares y de la primera edición de Historia de la eternidad de Borges sólo 37, mientras que los libros de Corín Tellado y los de Rowling se han vendido por millones. Ante estas cifras, ¿sería injusto recordar el proverbio de Salomón que reza que «el número de tontos es infinito»?

CLB: Es justo completarlo: «y se reproducen como conejos en todas las épocas». Es tal su inmortalidad que cuando todo se acabe, debajo de las piedras aparecerá uno gritando que ha vencido.

JLP: ¿Cuáles libros deberían leerse «con malicia» y cuáles «de sobremesa»?

CLB: Todos deben leerse con malicia; no debemos concederle el beneficio de la duda a ninguno hasta que nos convenza que tiene algo importante qué decirnos. Entre los libros que deben leerse de sobremesa, están los religiosos, los de política, sociología, economía, historia y los de autoayuda y superación, pero corremos el riesgo de que nos caiga mal la comida.

JLP: ¿Deben ser considerados «editores» quienes ven en el libro «unidades, piezas, mercancías, objetos, algo que deja o no deja ganancias»?

CLB: Ése es el nombre con que se autodenominan los mercaderes del libro. Editores casi no hay.

JLP: ¿La trilogía constituida por tus libros Redacción en movimiento, Helarte de la errata y Pasión por el libro debería ser vista como tu homenaje permanente a los libros vivos?

CLB: No hice esos libros con tal fin; son el resultado de mi preocupación y curiosidad permanentes por todo lo que tiene que ver con la palabra y su máxima expresión, el libro. Es una interpretación generosa de tu parte. Nada me enorgullecería más que rendir homenaje con mi trabajo a los libros.

 

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