Jose Luis Perdomo entrevista a Jean-Marie Simon

Una versión resumida de esta entrevista fue publicada en ElAcordeón (de ElPeriódico), el domingo 25 de marzo. A continuación le proponemos leer la versión integral de esta entrevista que JL Perdomo Orellana le hace a Jean-Marie Simon.

En la página 268 de la 3ª edición del libro de Jean-Marie, el arzobispo Penados del Barrio señala que “en Guatemala, algunas veces usted ve algo, pero no dice nada, porque usted no se quiere morir”.

Al otro extremo de generaciones enteras de retrecheros, Jean-Marie –con sus cámaras Olympus (OM-1 y OM-2) provistas de lentes de 28 y 50 milímetros— vino, vio, dijo lo que vio y sigue diciéndolo. Al olvido le consta; y también a quienes manipulan tanto sus propios palimpsestos como los ajenos.

JL Perdomo Orellana

Mucho antes de estar de este lado de una cámara, usted estuvo enfrente. ¿Cuáles fotografías guarda de ese tiempo y dónde se las tomaron?

Esas fotos son todas familiares. No creo que le interesen a nadie más que a mi familia. Hasta los 12 años no me gustaba que nadie me tomara fotos: mi abuela siempre me exhortaba a sonreír.

Entrando en la eterna primavera tiranizada eternamente, ¿por qué su nombre aparece en letras tan pequeñas, si es usted la que da grandeza a un lugar tan pequeño como éste?

Ya se sabe de quién es mi libro. ¿Para qué jactarme más con letras que chillan mi nombre? Además, no me gusta que un artista haga sobresalir su apellido o su imagen a cada instante con la excusa de que es “parte íntegra del tema”. Es fácil entender el tema sin que los gringos siempre estemos en primera fila.

¿Qué vio en el momento de captar la expresión de la muchacha que parece bailar a la fuerza en la portada? ¿Qué ve hoy?

Estuve en Nebaj con un equipo de filmación; estábamos rodando Titular de hoy: Guatemala (Mikael Wahlforss, Epidem, Finlandia, 1983), un documental sobre la época. Asistimos a un baile que paradójicamente conmemoraba la independencia de Guatemala: el 15 de septiembre. Ahí estaba el ahora presidente Pérez Molina, comandante del destacamento de Nebaj. La luz era muy baja y al sacar las fotos –yo tomo muy pocas, si no me gusta lo que veo, desisto después de 3 o 4  tomas– temí que no hubiera suficiente iluminación. Después, vi que tuve suerte.

¿En cuál momento, en cuál fotografía, tomó la decisión de agruparlas en un libro?

No fueron las imágenes sino las palabras lo que me impulsaron al proyecto de un libro. Durante la década que trabajé en Guatemala, quizá lo que menos hice fue tomar fotografías. Mi trabajo diario era para Human Rights Watch/Americas (HRW). Desde 1982 hasta 1988, cuando regresé a EEUU, HRW me contrató para escribir informes; acompañar a miembros de su junta, a congresistas, y a personas interesadas en ayudar a las pocas organizaciones populares que operaban, para que conocieran Guatemala. Además  trabajaba para Amnistía Internacional: me mandaban a su sede en Londres a trabajar con un equipo experto en el Istmo, actualizando su información sobre Guatemala.
Lógicamente, tomé centenares de testimonios: una semana me iba en camioneta a Nebaj y a la otra, estaba entrevistando al mandatario. Para 1984 me di cuenta de que el material escrito complementaba las fotos –o quizá al revés– y ahí se sembró la idea de elaborar un libro.

Desde la entrada asevera usted –muy modestamente– que quizá el “máximo valor” de las imágenes agrupadas en casi 300 páginas “reside en el hecho de que existen”.  ¿Por qué no agregar que otro de esos máximos valores es el valor que usted tuvo para captar esas imágenes?

No era ni valor ni heroísmo ni coraje lo que me llevó a sacar las imágenes. Era el simple querer captar lo que yo presenciaba. En otras palabras, era una exagerada curiosidad. De niña yo había sido tímida, y la cámara era una forma de enfrentarme y protegerme a la vez. Enfrentarme, porque no puedes sacar una foto estando lejos, y protegerme porque un fotógrafo no tiene pinta de una persona amenazadora. Es una tontita con un su juguete marca Leica. Además, y como mencioné anteriormente, jactarse uno de su producto so pretexto de “avanzar la causa guatemalteca”, volviéndose uno el príncipe azul gringo, es de suma arrogancia.

En la contraportada, el escritor Francisco Goldman habla de la tenacidad de usted como “uno de los logros individuales más heroicos, valientes y compasivos en la historia de la expresión artística”. ¿No se trata, además, de un logro colectivo?

Si usted habla de un logro colectivo en cuanto a la expresión artística fotográfica en general, pues, claro. Yo no soy nadie. Tampoco me considero artista. Si usted habla del número de fotógrafos que tienen imágenes de los años ochenta en Guatemala, difícilmente se lo puede caracterizar como un “logro colectivo”, debido a dos fenómenos. Primero, hasta 1984 no había muchos fotógrafos extranjeros en Guatemala; ni a la Time ni al Miami Herald les interesaban Guatemala a menos que hubiera elecciones, un golpe o un enlace con la política exterior. Los fotógrafos que venían a Guatemala sabían que sacar fotos del EGP o de las patrullas de autodefensa civil no era rentable. Si yo me destaqué, como dice Frank, no fue por la calidad del producto en sí, sino por mi voluntad de sustituir ingresos por imágenes que yo consideraba importantes.

Segundo, los fotógrafos nacionales: si un fotógrafo nacional se hubiera atrevido a salir con la guerrilla y luego a publicar sus fotos, su destino dos días después sería la muerte o el exilio. Le doy un ejemplo. Para las elecciones de 1982, los medios habían contratado a decenas de periodistas para que cubriesen el día del voto. La revista Time me contrató a mí. Sin embargo, para el día 7 de marzo, en vez de estar contando moscas alrededor de las urnas capitalinas, yo con mi caradura de 27 años había salido hacia el Frente Luis Turcios Lima del EGP, en Mazatenango. Como a la Time no le importaba un bledo la guerrilla guatemalteca, me despidieron.

Dos semanas después, saco menos de tres rollos de película de un golpe bastante tranquilo y una rueda de prensa muy extraña, y me regreso al hotel. Ahí me llaman de EEUU y me preguntan dónde están las fotos. Les digo que están conmigo: el golpe fue fotográficamente aburrido y la rueda de prensa, bueno: Ríos Montt a todos nos parecía un loco bipolar. Sin embargo, ahora me dicen que vaya corriendo al aeropuerto a meter la película en un vuelo a Miami. Corro al sótano de La Aurora, meto los tres rollos en la bolsa anti-rayos X, en el vuelo Pan Am de las 6 de la mañana, y, gracias al golpe de Ríos Montt, ya tengo recursos para quedarme en Guatemala.

Epílogo: Vuelvo a EEUU ese verano. Mi jefe en Time me saca a almorzar. Me siento muy satisfecha hasta que él me dice que si el golpe de Ríos Montt hubiera ocurrido una semana después, es decir, en abril, mis fotos no habrían valido nada, porque entonces estalló la famosa guerra de las Malvinas. Uno se siente chiquito después de bañarse en la realidad “comercial”.

¿Con quiénes de los fotografiados se ha reencontrado y de qué ha servido el reencuentro?

Con poquísimos. En la primera edición, la de 1988, era de facto prohibido publicar la foto de una persona que viviera en Guatemala y que tuviera una vida pública o, mejor dicho, que no viviera en la clandestinidad.  Con las últimas ediciones, las de 2010 y 2012, por fin logramos poner algunas fotos, como la de Amílcar Méndez, el organizador del CERJ, y la de sor Carlota Castillo, una monja guatemalteca que me brindó tiempo y amistad en el convento de Rabinal, en 1983, después de las masacres de Xeatsán Bajo y Plan de Sánchez. Ella me trajo gente sobreviviente de esas matanzas y sus testimonios formaron la base de los informes que publicamos en HRW.

Ustedes, los de entonces, incluida usted, ya no son los mismos (como más o menos dejó dicho Pablo Neruda). ¿Quisiera contarnos qué ha sido de algunos de ellos y qué ha sido de usted, tres décadas después?

Si usted se refiere a las personas en el libro, bueno, Amílcar Méndez sigue luchando tanto profesional como personalmente. Hace cinco años le mataron a su hijo Pepe, un crimen que nunca fue resuelto. Y ahora han detectado que Amílcar tiene un tumor benigno, así que él y su familia han experimentado más de una pesadilla a lo largo de los años.

Sor Carlota, mi amiga de Rabinal, está viva, y trabaja en Honduras.

El padre Maryknoll, Daniel Jensen, quien ahora sale en la tercera edición del libro, está vivo. Espero poder verlo en California este año. Él fue mi primer contacto en Guatemala, en esa época en que casi todos huían y pocos querían arriesgarse a hablar con una fotógrafa gringa.

Algunos miembros del GAM se han mantenido en contacto conmigo, tanto como algunos sindicalistas y periodistas.

Algunos militantes de la ORPA son amigos míos y se han reintegrado a la vida pública.

El ex presidente Cerezo y yo seguimos en contacto. Hace poco, vio algo que puse sobre él en mi sitio web, en una sección llamada “Museo Virtual” que contiene fotos e historias sobre algunas de las personas que conocí en Guatemala. Le gustó mucho; lo puso en su página de Facebook.

Por otra parte, todo es agridulce porque había gente que pasó horas conmigo, con quienes llegamos a ser buenos amigos y de quienes no conozco el paradero. Es bien posible que estén vivos, y también es posible que no. Uno de ellos, Juan, era integrante del EGP: pasamos hora tras hora hablando en mi hotel. Él fue quien me educó en el porqué de unirse a la guerrilla a una temprana edad.

Al llegar usted por primera vez a Guatemala, en 1980, proyectaban “películas tontas y violentas en los cines”, mientras las de “tendencia liberal” estaban prohibidas. ¿Recuerda sus títulos o se le volvieron un palimpsesto?

Le ofrezco tres ejemplos que encarnaban el cine de aquel entonces. Las vi todas en los Cines Capitol, porque yo vivía al lado, en el Hotel Apartamentos Guatemala, en la 6a avenida 12-21.

Primero: el 25 de diciembre de 1980, como estaba sola en Guatemala, pensé pasar la Navidad viendo una película. Se trató de The Shining con Jack Nicholson –no muy festiva por cierto pero en fin, ¿qué se iba a hacer? El cine estaba lleno de varones adolescentes, quienes habían pagado sólo para ver la escena en donde una bruja, disimulada de chica guapetona, se desnuda y se baña. Recuerdo esa noche muy bien porque un judicial estuvo ahí también: me vio y me siguió hasta mi hotel, insistiendo en que saliera con él, o si no, me dijo, me iba a llevar a la sede de la Policía Nacional, con Chupina.

Segundo: en 1983 llegó Missing a los Cines Capitol.  Se trata de un joven periodista estadounidense, Charles Horman, torturado y asesinado en el Estadio Nacional de Santiago durante el golpe militar chileno de 1973. Me imagino que el Gobierno de Ríos Montt dejó entrar Missing para que, de alguna manera, suavizara lo ocurrido en Guatemala. Yo no la vi, pero mi amiga Lucky Orellana, sí. Me comentó después que se habían agotado las entradas porque el cine se llenó de guerrilla urbana hambrienta por una película de tinte político. “El Ejército”, me comentó riendo, “pudo haber eliminado a la mitad de la ORPA esa noche con una bomba en los Cines Capitol”. Nos matamos de la risa. Poco después, Lucky, militante de las FAR, fue secuestrada, torturada y asesinada en el Cuartel General Matamoros.

Tercero: en 1985, de nuevo en los Cines Capitol, estuve con el hombre con quien me casaría. Ken y yo nos conocimos en las oficinas de HRW: él era un abogado contratado para venir a Guatemala a elaborar un libro sobre el sistema judicial. Nos hicimos amigos y fuimos a ver, junto con Francisco Goldman y Jon Lee Anderson, The Three Amigos. Mi esposo y yo llevamos 20 años de casados, a pesar de su mal gusto cinematográfico y, de hecho, ya he visto esa película 40 veces.

Lo que para unos fue una “guerra civil”, para otros fue un “enfrentamiento armado interno”. ¿Qué fue para usted?

Para mí, lo que pasó en Guatemala fue secuestro masivo ilegal en la capital y asesinatos y masacres en el campo. Y punto.

Reconozco que el nombre que uno aplica a lo que sucedió en Guatemala muchas veces responde al resultado que se desea obtener. El dilema con el término “genocidio”, por ejemplo, es que se ha aplicado tantas veces a las masacres que, en fin, se ha vuelto genéricamente el término que se aplica a toda matanza, como que llamarla otra cosa sería burlar el hecho. Y también tiene sus ventajas “comerciales”. Hace dos años una persona me dijo que la clave para que les financiaran su documental fue poner el nombre de “genocidio” en las solicitudes.  “Poniendo ‘genocidio’”, me dijo, “logramos conseguir los fondos.”

Lo que me sorprende es el hecho de que nadie haya examinado detenidamente lo que ha dicho el presidente Pérez Molina en cuanto al genocidio. Cada vez que se le pregunta acerca del tema, él responde, parafraseando, que “en Guatemala no hubo genocidio porque no hay ningún documento que diga ‘Matemos a los Kak’chiqueles’”.  Pero la verdad es que el Presidente nunca ha desmentido la acusación de masacres, simplemente ha dicho que no hubo genocidio. Es decir, el presidente inadvertidamente ha dejado abierta la puerta, pero nadie está cruzando el umbral.

¿Qué fue para sus padres y su gente más cercana, que sabían que usted andaba por estos rumbos “dejados de la mano de Dios”?

No sabían nada. Filmando Titular de hoy: Guatemala, estuvimos con un Boina Verde, el capitán Jesse García, quien ilícitamente brindaba ayuda militar en forma de adiestramiento y formación militar, a los cadetes de la Escuela Politécnica, en San Juan Sacatepéquez. Salimos con él. Estalló una pequeña bomba debajo del camión en el que íbamos. Como yo me inclinaba sobre el camión para sacar fotos, salí herida. Me quedaron esquirlas en el muslo, las orejas, y muy cerca de la órbita de un ojo. Durante 45 minutos no pude ver por el impacto y la sangre.

No les dije nada a mis padres. El problema fue que la esquirla del ojo era evidente; en varias ocasiones mi mamá me preguntó qué me había pasado, y yo siempre respondía que había chocado contra una gaveta.

¿Le sorprende el hecho rutinario de que “el mantra capitalino” de aquel entonces (“A saber en qué estaba metido”) siga siendo hoy uno de los mantras de toda la república?

No, no me sorprende, porque es una forma de esquivar el enfrentarse con la realidad. La realidad de los años ochenta fue el dominio militar, las masacres y las desapariciones. La de hoy es la impotencia ante la pobreza o una estructura económico-social no tan diferente de la de hace 30 años, con excepción del pandémico crimen común a punta de pistola, y el masivo ingreso de dólares olorosos a narcotráfico.

El “a saber” me recuerda las palabras de Milton Mayer en su conocido tomo sobre los nazis, Thought They Were Free: The Germans, (1933-1945), publicado en 1966. Mayer dice:

“What no one seemed to notice,” said a colleague of mine, a philologist, “was the ever widening gap, after 1933, between the government and the people…You know, it doesn’t make people close to their government to be told that this is a people’s government, a true democracy, or to be enrolled in civilian defense, or even to vote. All this has little, really nothing, to do with knowing one is governing.”

“Lo que nadie parecía notar”, dijo un colega, filólogo, “era el abismo cada vez mayor, después de 1933, entre el gobierno y el pueblo… Sabes, no hace que la gente esté más cerca de su gobierno cuando se hace decir que este es un gobierno del pueblo, una verdadera democracia, o que le enrole en la defensa civil, o incluso que vote. Todo esto tiene poco, nada realmente, que ver con saber que uno está gobernando.

Cambiando la fecha del texto se lo puede aplicar a Guatemala en 1982.

“Rehusarse a patrullar equivalía a una sentencia de muerte”, dice usted en otra parte de su libro. ¿A qué equivalía andar tomando fotos como las que usted tomó?

Primero, yo no corría el mismo riesgo que los guatemaltecos que pertenecían a organizaciones estudiantiles o populares. El pasaporte estadounidense significaba algo. Y psicológicamente, saber que uno podía huir a Estados Unidos en cualquier momento era alentador.

Segundo, hay que entender que “guerra” en la Ciudad de Guatemala no era el equivalente de guerra como la vemos hoy día en los centros urbanos del Medio Oriente, donde organizaciones terroristas matan abiertamente y han muerto decenas de periodistas extranjeros, víctimas o de grupos terroristas o de las circunstancias:  un proyectil, un cochebomba, etcétera.

Claro que hubo riesgos –salí cuatro veces con tres grupos guerrilleros y uno tomaba sus precauciones– pero pensar que no se salía sin chaleco y casco anti-balas era absurdo. (Una vez me puse uno de esos chalecos en una protesta en la Sexta Avenida –la Time había insistido en comprarme uno– pero después de cinco minutos tratando de correr con tal cosa, me lo quité y volví a la Sexta.)

¿De qué sirve “preservar la memoria de la guerra que sufrió Guatemala”, si son legión quienes están más pendientes del resultado de un partido de futbol entre el Barcelona y el Real Madrid?

Quizá el valor de la respuesta se encuentre invirtiendo la pregunta: ¿Cuáles serían las consecuencias de no preservar esa época?” Hacerse de la vista gorda ante esa época es sugerir que esas vidas no valieron nada, y que los acontecimientos de aquel periodo son irrelevantes.  Y si hicieron desparecer esa etapa una vez, ¿podrían hacerlo de nuevo? Cuando ya has comprobado que se puede cometer equis crimen sin repercusiones, esto explícita o implícitamente sanciona que se lo repita en el futuro.

¿Es a propósito el hecho de que la proyección de Granito de arena, de Pamela Yates, y la aparición de la tercera edición de su libro se den más o menos simultáneamente?

No. Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía tenía que haberse publicado el año pasado, en agosto de 2011. Después de habernos comprometido a donar el 25% del tiraje a las escuelas públicas nos dimos cuenta de que sería necesario usar papel más grueso y tener un libro cosido en vez de pegado para que el producto fuera más duradero. De ahí subió la cotización y tuvimos que recurrir a una campaña “Kickstarter” para poder pagarlo. Y además, como lo que gana el equipo en Guatemala con este libro es absurdamente poco, tuvimos que buscar fechas en que todos pudiéramos estar juntos trabajando el libro.

¿Ya le envió un ejemplar de su libro al presidente Obama, para que constate “las linduras” a las que en Guatemala ha contribuido la errática política exterior de los diversos gobiernos estadounidenses, tanto demócratas como republicanos?

No hace falta enviarle nada. Obama y yo éramos compañeros de la misma promoción de Harvard Law School; nos graduamos juntos en 1991. De hecho, Obama ya conoce mi política en cuanto a lo que usted se refiere.  El primer mes en Harvard, en 1988,  yo publiqué una nota en el periódico matutino, el Boston Globe, criticando a Harvard por haber recibido contrato con la AID para adiestrar a jueces guatemaltecos a impartir la ley. Me parecía estúpido porque los jueces guatemaltecos conocían perfectamente la ley, solo que no querían administrarla. Y por otra parte, el hecho de que Harvard Law School apoyara al sistema judicial en una Guatemala que todavía estaba a ocho años de firmar los Acuerdos de Paz llevaba un mensaje equivocado.

¿En qué sentido se mueven y hacia dónde se mueven las fotografías agrupadas en el orden que aparecen en esta 3ª edición?

El orden es más o menos cronológico. Tratamos de ser más creativos y las agrupamos según el tema, pero fue un rotundo desastre el cual produjo resultados ilógicos. Yo creo que cambiamos de idea cuando nos dimos cuenta de que estábamos colocando a Cerezo antes que a Ríos Montt.

Parafraseando el pie de foto de la página 55: las imágenes por usted acumuladas ¿“escucharon la verdad y la repitieron”?

La cámara no miente. Mejor dicho, no mentía en la era pre-Photoshop. Si usted ve mis transparencias Kodachrome, verá que son más o menos el espejo de lo que está en el libro, con excepción de unas que fueron “cropeadas”.

En la fotografía de las pp. 74-75 hay un soldado que en los ojos tiene cuchillos para usted. ¿Qué hizo para que una atmósfera tan ominosa no la paralizara?

Los soldados no me daban miedo, solo algunos oficiales. Una vez que el comandante  había oficial o extraoficialmente aprobado tu estancia en equis lugar, los soldados no te prohibían nada. Es que todo era una estructura de clases. Yo, para el soldado en esa foto, era otra persona ladina llevando máquinas caras, y me había visto hablando con su superior. ¿Qué me iba a prohibir él?

La mirada de la niña que está en la página 77, ¿se quedó triste para siempre?

No le sabría decir. La verdad es que yo sospecho que la vida de algunas personas en estas fotos fue, en algunos casos, menos dramática de lo que uno quisiera suponer. Claro que la situación en el Triángulo Ixil era horrible, pero hay que recordar también que, menos de cinco años después, Ríos Montt se había vuelto muy popular ahí.

¿No es increíble e incluso absurdo el que haya tanto color en medio de tanta desolación?

No creo que el color tenga mucho que ver con la realidad de una situación.
Sin embargo, su pregunta me recuerda a las monjas de Nebaj. En 1984, al regresar tentativamente a rehabitar su convento, que quedaba a la par del destacamento, se rehusaron a comprar cualquier trasto verde para el comedor infantil de huérfanos. Fue una pequeña pero valiosa protesta ante la presencia militar en Nebaj.  (Ver texto de Frank Goldman,  “Trastos”, p. 180)

El único maná que ha llovido del cielo sobre estos 108 mil kilómetros cuadrados de orfandad nacional son las balas de las que habla la página 242. ¿No es éste un sitio maldito, capaz de extinguir la expresión “Oh, my God” en cualquier idioma?

Honestamente… no sé cómo responder a esa pregunta.

¿Cuánto insomnio y cuánta indignación puede provocar una fotografía como la que aparece en la página 253?

Yo trabajaba para 60 Minutes, el programa semanal en EEUU. Ellos habían venido a Guatemala en vísperas de la toma de poder de Cerezo. Estaba con la productora, Patti Hassler, desayunando en el Cafetal del Camino Real. Vimos un titular matutino –“Mujer encontrada sin manos”– y nos movilizamos para buscarla. En esa época había pocas morgues (refrigeradas). Fuimos a una. Entré –el equipo no hablaba español– y el guardián me abrió una caja en la que solo había restos humanos regados. Fuimos a la segunda, en Escuintla. Un chico adolescente la vigilaba. Nos dejó entrar. La filmamos. Recuerdo tres cosas: una moto al fondo; las uñas de la víctima perfectamente pintadas, y yo, de nuevo, maldiciendo la mala luz. Suena inhumano decirlo, pero así fue.
Después, a mi jefa le dio pánico. Pensó que nos iban a seguir, que nos iban a arrestar, que iban a catear los cuartos. Me pidió esconder el film: yo tenía membresía en el Cabaña Club del Camino Real, y así fue; la escondimos en mi ropero con mis tenis.
La foto sí es grotesca; un familiar me pidió desmontarla de mi página de Facebook, lo cual cumplí. Sin embargo, estoy agradecida a la familia por permitirme publicarla en el libro, porque a veces yo creo que solo viendo una foto tan inhumana como esa se pueden creer los otros relatos dantescos que no fueron filmados, los cuales corresponden al Ejército y a los judiciales capitalinos.

 “No en vano se han comparado las fotografías de Atget”, dice Walter Benjamin en Sobre la fotografía (Pre-textos, España, 2008), “con las del lugar de un crimen. Pero ¿no es cada rincón de nuestras ciudades un lugar del crimen, no es un criminal cada uno de sus transeúntes? ¿No es la obligación del fotógrafo, descendiente del augur y del arúspice, descubrir en sus imágenes la culpa y señalar al culpable?” ¿Quisiera darnos sus comentarios acerca de esa frase de Benjamin?

Sí. En 1990, el autor Gerald Marzorati publicó un libro sobre el proceso artístico del pintor Leon Golub, cuyas escenas de tortura y torturadores se hicieron famosas en la década de los ochenta. El libro se titula A Painter of Darkness: Leon Golub and Our Times (Viking, NY, 1990). Conozco el libro porque se refiere a mis fotos y a las de dos otros fotógrafos cuyas fotos de Centro América son muy conocidas: Susan Meiselas y Harry Mattison. Acertadamente, Marzorati dice: “[Meiselas, Mattison and Simon]  pudieron trabajar en el presente, y lo hicieron bien. Sin embargo, lo que no lograron hacer era sacar fotos que representaban el poder: cómo funcionaba, [y] cómo funcionaba en la oscuridad”. (p. 35)

Por último, según el mismo Walter Benjamin, “para Baudelaire el atractivo del daguerrotipo es sorprendente y cruel”, además de que en el daguerrotipo “hay algo de subversivo y aterrador”. Si después de leer, observar y escuchar Guatemala: eterna primavera, eterna tiranía, viniese alguien y le dijera que sus fotografías son subversivas, crueles y aterradoras, como piezas del daguerrotipo de Baudelaire, ¿quisiera tener la infinita paciencia de decirnos qué le respondería?

Primero, al tipo le daría las gracias por ser franco. A veces es un respiro de aire fresco.
Segundo, yo diría –y aquí aludiendo de nuevo a las limitaciones fotográficas descritas por Marzorati, arriba– que mis imágenes representan muy poco de lo que representaba la violencia estatal en la Guatemala de aquella época. Y si alguien se ofende con ese poquito… lo siento: que mejor abra un libro de cuentos de hadas.

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