El Hijo de Casa – Capítulo 1

En esta ocasión, como primera edición guatemalteca, SOPHOS presenta El Hijo de Casa del escritor Dante Liano. Queremos darle a nuestros lectores una probadita del primer capítulo. En el que descubrimos al Dr. Abelardo Zamora, de cuya mano seremos llevados a las profundidades del crimen que retrata la novela.

Capítulo 1

El doctor Abelardo Zamora entró por el portón oscuro, denso de humedad y polvo, que lo llevaría a la morgue del Hospital Nacional de Santa Ana. Le pareció atravesar una atmósfera submarina, como si de las paredes llenas de musgo fueran a salir flotando peces, o líquenes, o esas plantas carnosas y anaranjadas que oscilan en las profundas oscuridades de un naufragio. Sopló aire con la nariz, como si algo le molestara. La humedad. A sus espaldas, el día comenzaba a calentar y le hubiera bastado simplemente volverse para quedar encandilado por el sol, que a las ocho de la mañana estallaba sobre las casas blancas que rodeaban al hospital.
El zaguán era alto y fresco, sucio y sórdido. Aplastó los papeles tirados —cajetillas de cigarros, de chicles, de caramelos, boletos de autobús, la gente pasaba y los tiraba—. En París no era así. Resignado, a veces le parecía que haber estudiado medicina en Francia no fue al fin y al cabo una gran ventaja, sólo notar la diferencia entre quiénes tiran papeles al suelo y quiénes no los tiran.
—No es que sean más civilizados, es que tienen más dinero —decía en el café—. Se pueden permitir papeleras cada diez pasos.
El lujo de la exageración delante de su público vespertino.
La entrada de la morgue del hospital aparentaba la perver- sa entrada de un jardín. Cualquiera se esperaba que al final del zaguán lleno de frescura y sombra apareciera después una palmera, y un camino de arena con banquitos donde sentarse para husmear los aromas de la tierra. No era de ese modo. En verdad, el zaguán iba a dar a un pequeño patio de piedrín, lo habían echado una vez para preparar el piso de cemento, pero a quién se le olvidó, y se quedó el piedrín. Del patio se entraba directamente a la enfermería, con sus colores desvaídos de hospital, celeste en los marcos de las puertas, blanco hueso sin ironía en las paredes, desvanecidas hasta lo alto por la suciedad y la tristeza. El doctor Zamora estaba conforme con esa situación: una morgue respetable debe ser un lugar melancólico y feo, tan lúgubre como el cementerio, dar miedo o mejor todavía sin inquietud.
—Buenos días —saludó al enfermero, que le hizo una reverencia.
Era otra cosa ver entrar al doctor Abelardo Zamora desde los ojos del enfermero que lo estaba esperando desde hacía rato. Todos sabían en el hospital que el doctor Zamora era hombre refinado y que venía desde su barrio residencial en un Fiat 1100 modelo 1967, color crema, límpido y perfecto, con piezas originales que Zamora hacía importar desde Turín mismo, a través de un compatriota que vivía allá y que le cobraba dos veces el valor del repuesto. Nada que ver con el carromato aporreado del enfermero, vulgar y blanco como cualquier taxi circular.
El doctor Zamora era alto y moreno, con una morenez uniforme y brillante, limpia en una piel que contrastaba perfecta con los trajes impecables, algo raídos es verdad, pero nobles, porque sabíamos que no era rico, cómo iba a ser rico el doctor que apenas cobraba a los pobres. Una rareza. Más elegante, eso sí, lo comentábamos siempre en el café cuando el doctor llegaba después de sus consultas y se sumergía en el humo de su cigarrillo, el doctor es elegante, lo aprendió en París, se decía entre nosotros, y admirábamos el pelo gris rizado, cortado con limpieza, las manos cuidadas, una autoridad, decían los ancianos, y eso veía el enfermero cuando entraba el doctor Zamora, una silueta negra y elegante con maletín, detrás el fondo de paredes blancas alucinadas ya por el sol tempranero, la cal reverberando desde tan temprano, traía como una frescura propia que hubiese adquirido atravesando el zaguán, los puños blancos de la camisa asomando apenas afuera de las mangas del saco de lino, los lentes de carey que se compró en los años sesenta y que conservó con el mismo cuidado que su Fiat 1100, la única con los stops redondos, rojos en la parte inferior para las luces de frenos, naranja en la otra media luna para pedir la vía a derecha o izquierda.
Pero no eran los ojos del enfermero los que ahora veían los documentos judiciales que habían llegado acompañando a los muertos de esa madrugada. Tampoco los ojos habituales del doctor Zamora cuya mirada compasiva era conocida en el barrio y quizá se podría exagerar diciendo que en buena parte de Santa Ana, si no fuera que la ciudad se había vuelto inmensa. Pero no, no se exagera, por alguna forma misteriosa de comunicación uno puede afirmar seriamente que en Santa Ana se conoce la fama piadosa del doctor. Sólo era cuestión de esperar la llegada de la vejez para que perdiera un halo laico de soberbia, las sobras de su viaje al exterior. Los ancianos sabían que dentro de poco el doctor se acercaría más a la verdad, en la medida que se acercaba a la muerte. La suya, porque comerciaba a diario con la ajena, y lejos ya del horror o del asco, el médico forense se había vuelto aséptico también respecto de las grandes verdades de la trascendencia, con el mismo gesto con que se lavaba las manos luego de haber depositado los guantes de goma en la basura. Ah, decían los ancianos, cuestión de años. Eran los jóvenes los que se volvían fanáticos. Con el tiempo, el hombre se va, solo, al encuentro de sus reflejos, se podría decir, de su alma, o de lo que sea que haya dentro de ese animal despatarrado que el doctor Zamora seccionaba con la limpieza con que le cambiaba las candelas a su Fiat 1100, luego de haberse puesto las gafas sobre la frente para poder leer, estampado en el metal, made in italy, óptima satisfacción, el deleite del perfeccionista.
Eran los ojos del médico forense Abelardo Zamora los que iban recorriendo el parte policial que se adjunta, para los efectos de ley, según el artículo número 52 del Código Penal vigente, incisos 23, 24, 56, 78 y 94. Pero insistamos en que no eran los ojos mismos que llevaba un momento antes de entrar al zaguán que lo iba a conducir al hospital; eran otros ojos detrás de las mismas gafas de carey, pero, como quien dice: velados por la melancolía, porque había llegado a su edad sin haber sido un director de clínica, o una potencia, o un ignorante pomposo que viajara en Mercedes gracias a las mordidas que recibiera y que gozara fama de mandar mensualmente uno de sus pacientes al otro mundo. Bueno, a la morgue, el otro mundo del hospital, la secreta salida por donde se iban los que habían entrado a través de la fachada diseñada por arquitecto oficial, con vidrios y eficiencia, afanoso ir y venir de imperiosos encamisados de blanco, y luego el laberinto, los sueros, medicinas, lavados, cirugías, la apoteosis de los pequeños sacerdotes endiosados en esa cárcel de prisioneros ensartados, adoloridos, pinchados, amarrados y agradecidos por la esperanza de la infalible magia de sus carceleros, que cuando incurrían en falibilidad mandaban a los antes enfermos a donde el doctor Abelardo Zamora no certificaría ningún error, qué podía hacer, y entonces los ojos con que se veía antes de entrar por el amplio portón de la Morgue de Santa Ana eran un poco tristes, tristes y complacidos, si se pudiera decir. ¿A qué horas se había puesto la bata raída y despercudida del Hospital Nacional de Santa Ana, después de haber colgado cuidadosamente su chaqueta de lino en el lócker de metal?

La noche anterior había echado un vistazo a su biblioteca y la necesidad lo hizo sacar del anaquel un libro antiguo, y el azar lo llevó a las páginas donde el autor declara que un hombre, para ser algo en la vida, debe tener claro qué quiere ser y cuáles son sus límites. Lo leyó con cuidado, página por página, palabra por palabra. Y se había quedado pensando en que por años no supo lo que quería ser, cuando regresó a Santa Ana con su doctorado, hasta que de pronto estaba allí, en ese momento, en esa noche (noche en que los asesinos se preparaban a cometer el crimen) y ya era tarde, porque de las dos condiciones, él sabía ahora sus límites, pero ya no tenía esperanzas de saber qué habría querido ser.

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